En el ecosistema cofrade hay una especie que merece capítulo aparte en la historia natural de la soberbia. No hablamos del devoto fervoroso, ni del hermano comprometido, ni siquiera del friki con carnet de sacapasos. No. Hablamos de ese espécimen con aroma importado y mirada de altivo desprecio. Ese personaje que camina por la vida como si cada cofradía fuera un escaparate para su ego y cada acto una excusa para soltar una conferencia que nadie ha pedido, que pontifican entre púlpitos y atriles como si fueran el fruto tardío de un Renacimiento mal digerido. Es el meacolonia, un genio multidisciplinar que pertenece a una casta de iluminados, convencida de que el Espíritu Santo les sopla al oído… siempre perfumados con aroma a Chanel y grandes dosis de condescendencia.
Los meacolonias hablan demasiado, y se hacen notar. Oyen, pero jamás escuchan. Miran a su alrededor con la superioridad de quien ha leído media biblioteca —la otra mitad la citan sin abrirla— y han escrito algunos libros que sólo conocen sus amigos, su madre y algún despistado que se los llevó por equivocación de alguna estantería polvorienta. Los hay que incluso tienen columna propia, «pero en un periódico de verdad», no como ésta y algunos han publicado hasta monografías con ínfulas de tesis doctoral, donde cada adjetivo es un monumento a su propia vanidad. Se mueven en los actos con una gravedad impostada, con esa humildad cuidadosamente ensayada que no se mezcla con la plebe pero aparenta hacerlo por piedad estética. Te dan los buenos días como si te hicieran un favor litúrgico.
Todo lo saben. Todo lo juzgan. Todo lo dictaminan. Les preguntas por un bordado y te recitan la genealogía del oro; les mencionas una marcha y te explican por qué todo lo que no suene a funeral decimonónico es una aberración. Hablan de priostía como si fuesen arquitectos del Barroco tardío, y cuando opinan sobre una dolorosa lo hacen como si ellos mismos hubieran tallado a la Virgen del Valle con las uñas. Sientan cátedra analizando exornos florales y candelerías, llegando al orgasmo fantaseando con un altar de cultos. Y si alguien los contradice, la soberbia se les desborda como un caudal de ego infinito. Suelen tener una fe a medida: rigurosa, pero con excepciones. Una devoción profundamente sensible que les impide llevar una vara junto a alguien que considere un ser inferior. Se les puede ver junto al paso, pero no junto a cualquiera. Son, en esencia, devotos del espejo, como la madrastra de Blancanieves, y si acaso veneran a alguien más, es a sí mismos en versión divina.
Pero no todo es inofensivo en estos apóstoles de la egolatría. Algunos han tenido la desgraciada ocasión de gobernar hermandades. Y cuando el báculo lo ostenta un meacolonias, tiemblan hasta los cimientos de la institución. La historia reciente está salpicada de ejemplos en los que estos falsos sabios han metido a sus cofradías en charcos de muy diversa índole, incluso jurídicos o patrimoniales de los que sólo han salido por la fuerza del cofrade de a pie, ese que no sale en los catálogos pero que sostiene los varales.
Lo bueno, lo grandioso, es que las hermandades están hechas a prueba de bomba y de vanidosos. Sobreviven al paso de las modas, de las camarillas, de los redentores del pedigrí y los doctores del «esto se hace así». Sobreviven incluso a estos eruditos de cartón piedra, que tan pronto dictaminan sobre la gubia de Martínez Montañés como se indigestan con la ubicación de una insignia presuntamente mal colocada en el cortejo. Son capaces de hablar durante veinte minutos sobre el rizado de una toca sin despeinarse, aunque por dentro hierven de satisfacción al saberse escuchados por un público al que en el fondo desprecian. No es sabiduría: es soberbia encuadernada y patética pedantería.
Su falsa humildad es una obra de orfebrería tan aparentemente delicada como hueca. Dominan el arte de parecer sencillos mientras dan lecciones hasta sobre cómo encender una vela. Son los que callan para que el silencio hable de ellos. Los que bajan la cabeza mientras el cuello sube por encima del resto. Los que jamás te interrumpen… porque ya estaban hablando ellos antes de que tú llegaras. Se creen oráculos del dogma y del canon estético, elegidos por el dios de la priostía. Lo peor es que muchos se han hecho fuertes en las juntas de gobierno como quien se atrinchera en un ministerio. Y cuando eso ocurre, la hermandad —pobre de ella— se convierte en laboratorio de sus delirios. A estos personajes les encanta rodearse de inútiles para brillar más, purgar a los que les hacen sombra y redactar reglamentos con tanta floritura que se olvida hasta la devoción. Han dejado cofradías arrasadas como quien deja una finca sin cosecha: con todo bien clasificado, pero sin alma.
Son, además, expertos en todas las disciplinas cofrades sin haberlas practicado nunca, como el hijísimo de Pilar Miró. Opinan del bordado como si hubieran trabajado con Esperanza Elena Caro, critican una imagen con la altivez de quien corrigió a Juan de Mesa en vida y dictan sentencias sobre música procesional con la misma autoridad con la que un loro opina de Manuel Font de Anta. Y todo ello mientras visten como si salieran de una sesión de fotos para una revista de alta cursilería. Pero, ay, no soportan la crítica. En cuanto alguien se atreve a cuestionarles el trono, su tono se vuelve agrio, su discurso se llena de referencias oscuras y su rencor se imprime en octavillas. Porque al meacolonias le encanta la hermandad, sí… siempre que la hermandad sea él mismo. Si no le das el puesto que busca, se marcha. Pero antes dinamita lo que puede.
Y, sin embargo, pese a ellos —y esto es lo maravilloso—, las cofradías siguen sobreviviendo. A veces menos “perfectas”, a veces más torpes, pero siempre más vivas que los delirios de estos eruditos de salón, dictadores de la estética, poetas del egocentrismo. El universo cofrade tiene algo de milagroso: lo habitan ángeles y también ególatras, y sin embargo sigue avanzando, cada primavera, entre cirios y tambores. Y si alguna vez huele raro, no es por el incienso: es porque alguien ha confundido la unción con el perfume Vanidad nº 5. Y ha meado colonia.





