El cirineo | Querido mafioso del altavoz público

Querido mafioso del altavoz público, despreciable matón de taberna, abusón de patio de colegio que despellejas al débil y te sometes ante el poderoso:

Te escribo no desde la estridencia ni la ira, sino desde la obligación cívica de nombrar aquello que corrompe lo común. Porque cuando quien ocupa un espacio financiado por todos decide convertirlo en garrote, cuando la palabra pública se degrada hasta servir a la intimidación privada, el silencio deja de ser prudencia y pasa a ser complicidad. Esta no es una carta movida por la animadversión personal, en lo personal me la traes al pairo, sino por la defensa del espacio compartido, ese que tú has decidido colonizar con la lógica del miedo, la amenaza velada y el castigo ejemplarizante.

Te diriges al mundo desde un altavoz que no es tuyo, aunque actúes como si lo fuera. Hablas con recursos que pagamos todos, pero los utilizas para fines que solo te pertenecen a ti: intimidar, señalar y someter. Has decidido que la plaza pública es tu cortijo y que la palabra, en lugar de servir al interés general, debe servirte como instrumento de presión. No informas: amenazas. No analizas: castigas. No criticas: ajusticias.

Te has acostumbrado a confundir visibilidad con legitimidad. Crees que la audiencia te absuelve, que el volumen sustituye a la razón y que la reiteración convierte el abuso en verdad. Desde esa falsa superioridad moral, eliges siempre al más débil, al que no puede responder, al que no dispone de los mismos medios ni del mismo escaparate. Con él eres feroz. Con el poderoso, en cambio, te vuelves discreto, dócil, casi servil. Esa asimetría no es casual: es tu repugnante retrato.

Practicas el chantaje con una naturalidad inquietante. Si no hacen lo que tú quieres, si no contratan a quienes tú señalas, si no se pliegan a tus intereses o a los de tu círculo, activas la maquinaria del descrédito y el insulto más o menos velado. Sabes que funciona porque la sostienen fondos públicos inagotables y porque el miedo es un lenguaje que conoces bien. Has convertido el espacio común en una herramienta de coacción, y eso no es libertad de expresión: es abuso de poder.

Te presentas como vigilante moral, pero careces de autoridad ética. No fiscalizas desde la independencia, sino desde la conveniencia. No defiendes principios, defiendes lealtades. Y cuando alguien no entra en tu red de afinidades, lo expones al escarnio con una crueldad calculada, disfrazando de crítica lo que no es más que una vendetta. Lo haces sabiendo que el daño reputacional es difícil de revertir, incluso cuando es injusto. Ese es tu verdadero método.

Lo más grave es que normalizas el miedo. Enseñas que no obedecer tiene precio, que no plegarse a tus exigencias trae consecuencias, que la autonomía se paga cara. Contribuyes así a empobrecer la vida cívica, a degradar el debate público y a desalentar la pluralidad. Donde debería haber contraste de ideas, siembras advertencias. Donde debería haber libertad, esa que tanto detestas, instalas la amenaza.

Crees que nadie te pondrá límites porque te amparas en una estructura que no es tuya. Pero lo público no te pertenece, y cada vez que lo usas para humillar, extorsionar o destruir, lo profanas. No te engrandece tu dureza con el débil; te delata. No te honra tu silencio ante el fuerte; te retrata. Y no te legitima la impunidad momentánea; te condena moralmente.

Puedes seguir hablando alto. Puedes seguir señalando. Puedes seguir utilizando un poder prestado como si fuera hereditario. Pero no confundas ausencia de respuesta con aceptación. La dignidad del espacio común no depende de ti, y llegará el día —siempre llega— en que tu altavoz deje de amplificarte. Entonces quedará solo lo esencial: lo que fuiste cuando nadie te obligaba a ser decente y elegiste no serlo.

Se despide de ti,
quien no te debe nada,
pero sí se debe a la verdad y al respeto por lo público.

Nunca tuyo, ni de los cobardes que te amparan…

El cirineo