El cirineo | Siempre regreso a ti

Siempre regreso a ti. Desde el primer eco de mi recuerdo más remoto, en la penumbra de aquella incipiente adolescencia, aquel que me condujo hasta la ternura reconfortante de tu regazo en una asfixiante tarde agosteña, cuando tu orilla era oasis en medio de la tempestad abrasadora de mis veranos.

Recuerdo tu sonrisa al mirarme, en la soledad silente frente a la pureza infinita que entonces te servía de retablo. Recuerdo cómo pronunciaste mi nombre cuando nadie más escuchaba, porque sólo a mí hablaban tus labios, y nadie advertía aquel diálogo sagrado. Recuerdo que me llamaste para hacerme eterno peregrino de tu huella. Luego llegaron, poco a poco, las citas furtivas, las escapadas calladas, lejos de las leyes de los hombres y de las miradas inquisitivas del universo. Fue entonces cuando me rendí a ti sin remedio, cuando mi alma se fundió con tu fuego inextinguible y mi corazón aprendió a latir al compás cadencioso e indescifrable de tus cinco letras.

Hasta que fui capaz de cruzar la frontera de mis sueños y precipitarme por vez primera en el caudal inabarcable del océano que por ti fluye desde siempre, convirtiéndome en una gota más en tu orilla, a la que vuelvo, una y otra vez, para saciarme de tu luz, de tu amor, de tu venero. Porque sin la eternidad de tu fragancia me disuelvo hasta desaparecer. Porque sin tu estrella mi barca pierde el rumbo, encalla y naufraga. Porque muero sin tu aliento. Porque desde que tu mirada se cruzó con la mía, te convertiste en mi vida, en mi amor verdadero, en el aire que respiro y en la sangre que recorre mis venas. Porque si tú no estás, todo deja de tener sentido.

Por eso, mi espejo, mi reina, mi dueña, siempre regreso a ti.


Portada: Fragmento de la obra «Rocío de Luz» de José Tomás Pérez Indiano