El cirineo | Síndrome de Estocolmo

El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su secuestrador o retenedor. Principalmente se debe a que malinterpretan la ausencia o la escasa violencia, como un acto de humanidad por parte del agresor. Una reacción humana que se aprecia con nitidez en muchas mujeres y hombres que sufren violencia doméstica por parte de sus parejas, en muchos trabajadores que aceptan silenciosamente los abusos de sus superiores y, para sorpresa de quien les habla, en muchos cofrades que llevan toda una vida sometidos y humillados por el poder totalitario perpetrado por determinados sujetos que, en lugar de agradecer que les llenen sus estancias vacías, maltratan y denigran a quienes les rodean, tratándolos como a vasallos en lugar de como a semejantes.

Lo más chocante no es que estos especímenes consientan la incalificable sumisión, como buen perrito obediente, a quien reparte palos con saña y delectación, sino que, en un alarde de enfermiza empatía con su maltratador, llegan a atacar con fiereza a otros semejantes que sufren un maltrato idéntico al que reciben. Tal vez sea mi innata rebeldía, pero he de reconocer que no alcanzo a comprender qué esquema mental pueden atesorar quienes no solo no se rebelan ante los golpes recibidos sino que se suman al maltrato ajeno, menospreciando y añadiendo sufrimiento al dañado en lugar de rebelarse ante el tirano.

La motivación podría ser la envidia, desde luego. Envidia a quien ha logrado en muy poco tiempo lo que otros no lograron jamás; «Han ido demasiado rápido» dicen algunos que pertenecen a entidades que han estado décadas paseando su incompetencia por los rincones de la nada, sin que se le caiga la cara de vergüenza a nadie. Patético. Bochornoso. Otra motivación podría ser la miserable cobardía, que incita a aplaudir al dictador poderoso y elogiar sus hazañas aunque estas se reduzcan a masacrar al débil. O quizá sea simplemente la falta de humanidad y una especie de sadomasoquismo latente en el espíritu de quienes gozan con el dolor ajeno, rezando por que no se escape ningún guantazo que termine en la propia mejilla.

Porque en el fondo, todo este rebaño de cómplices, -que es lo que son- que insulta al abusado y calla ante el abusón, debería saber que cuando el maltratador se canse de atizar a su víctima, cuando la haya dejado malherida, agonizando en una cuneta, o directamente descansando en paz en una fosa del cementerio, podría convertirse en la próxima víctima, en el próximo objetivo del tirano, como ha ocurrido siempre, en realidad, a lo largo de la historia. Y así ha sido, porque los perros sumisos llevan toda su miserable existencia lanzando dentelladas entre sus iguales, en lugar de defenderse de los lobos. Una ceguera que no esperen que mute, pese a que están a punto de dejar otra víctima en el camino, para regocijo de quien disfruta infringiendo daño, a diestra y siniestra, por mero placer y sadismo, entre las risas de los envidiosos, los acabados y los impresentables y por culpa de quienes carecen de cojones para poner al carcelero en su sitio.