El cirineo | Te busco y no te encuentro

Te busco en los pliegues de la tarde, donde muere el último resplandor del día, y no hallo sino silencio y cansancio. Te busco entre los hombres —entre sus voces gastadas, sus gestos vacíos, sus corazones endurecidos— y no te encuentro. Quizá porque ya no saben pronunciar tu nombre, o porque el ruido del mundo ha devorado la música del alma. Te busco y me dueles. Me dueles en cada mentira dicha con sonrisa, en cada humillación disfrazada de justicia, en cada victoria edificada sobre el llanto de otro. En el ansia de poder queconserva el mismo perfume agrio de la soberbia. El amor se ha vuelto un lujo, la ternura, una rareza, y la verdad, un eco que apenas sobrevive.

Te busco, y el alma se me quiebra entre los escombros de un mundo sin consuelo, empeñado en habitar siempre en la miserable vanidad. Camino entre multitudes que olvidaron sentir, rostros sin mirada, sonrisas sin alma. Te busco y no estás. O quizá —terrible sospecha— nunca te marchaste, y fuimos nosotros quienes te enterramos bajo las ruinas de nuestro orgullo. Te busco en la palabra, y solo encuentro insultos. Te busco en los templos del corazón, y solo oigo el eco de lo que fuimos y tal vez nunca volveremos a ser. La soberbia se ha coronado reina del tiempo, y la paciencia ha huido, vencida, a los rincones donde nadie la invoca. Vivimos rodeados de muros que fingimos no ver, y el aire se ha vuelto espeso de tanta indiferencia, de tantas cuentas pendientes imposibles de cobrar.

Me acerco a los ojos del hombre y no logro reflejarme en ellos. Son espejos rotos donde la compasión se hizo añicos y la empatía yace, fría, como un animal vencido. Nadie escucha. Nadie espera. Nadie ama sin calcular. Te busco entre los escombros del alma colectiva, en esta era sin alma donde la ambición se viste de virtud y la mentira reina con sonrisa de estatua. Te busco en los templos del corazón, pero allí también hay comercio: se compra fe a plazos y se vende esperanza con descuento. Todos buscan algo a cambio de ofrecer su mano.

Hay tanto por hacer.
Tantas heridas por cerrar.
Tanto odio que aún respira.

Y sin embargo, algo en mí se niega a rendirse. Porque sé que existes. Eres la voz que calla para no herir, la lágrima que limpia sin pedir, la ternura que no presume. Eres Madre que no abandona, incluso cuando el hijo se extravía entre las sombras del orgullo. Eres confidente de las soledades, guardiana del silencio donde aún germina la bondad. Te imagino vestida de paz que abraza lo que el mundo desecha, de esperanza que florece en la ceniza, de humildad que no exige nada y de paciencia que lo soporta todo. Eres el amor en su forma más pura, esa llama que no se impone, pero que tampoco se apaga.

Porque tú, invisible, sigues aguardando en el silencio que precede al perdón, en la mirada limpia del que no teme doblarse, en la palabra humilde que no busca aplauso. Eres la calma que se oculta tras la tormenta, la bondad que resiste al desprecio, la ternura que sobrevive al abandono. Eres Madre sin nombre que arropa a los que ya no creen, confidente del que calla su dolor por pudor, amiga del que camina a oscuras y no se atreve a pedir luz.

A veces creo verte. En la anciana que ofrece su tiempo sin pedirlo, en el niño que sonríe sin saber por qué, en el amigo que perdona sin razones. Entonces entiendo que quizá no te busco fuera, sino dentro, en el rincón del alma donde aún queda algo que no ha muerto. Pero luego vuelvo a perderte. La tempestad del mundo te oculta, el ego te sepulta, la prisa te borra. Y yo sigo caminando, desnudo de certezas, con la esperanza herida, pero viva.

Yo te busco entre mis ruinas, con las manos vacías y el alma abierta. Te busco entre las lágrimas que no lloré, en los abrazos que no di, en las veces que callé por prudencia. Te busco en lo imposible, y sin embargo te presiento: en la brisa que huele a consuelo, en la palabra que no digo pero me salva, en esa chispa secreta que impide que me rinda.

Eres Paz en el campo de batalla.
Eres Esperanza en la noche del alma.
Eres Humildad que no se arrodilla ante el poder.
Eres Paciencia que espera cuando todo se derrumba.

Y aunque no logro verte, sé que estás, escondida en el hueco donde el amor todavía respira. El mundo te ha olvidado, pero tú sigues aquí, sosteniendo con manos invisibles lo que aún no ha caído del todo. Te busco y no te encuentro. Pero seguiré buscándote, porque mientras te busque, la derrota no será definitiva. Porque si algún día logro mirarte a los ojos y reflejarme en ellos, quizá —solo quizá— la Paz habrá vencido al ruido, y la Esperanza habrá vuelto a habitar entre los hombres.

Te busco y no te encuentro. Y, sin embargo, sé que siempre estás. Porque en medio de la noche, cuando todo parece ceder al cansancio, algo en mí susurra tu nombre sin nombrarte. Quizá ese susurro sea tu respuesta. Quizá la Paz, la Esperanza, la Humildad y la Paciencia no estén en el cielo que miro, sino en el corazón que aún se atreve a creer. Y aunque el mundo siga sembrando mentira y devastación, seguiré buscándote. Porque mientras te busque, no todo estará perdido. Aunque siga navegando permanentemente en esta montaña rusa, por tenerte y no tenerte, que en ocasiones llamo vida.