En el delicado universo de las hermandades sevillanas, donde cada detalle protocolario y cada elección se observa con lupa, resulta difícil no alzar una ceja —y quizás ambas— ante ciertas decisiones que rozan lo pintoresco, por no decir lo escandalosamente evidente. Tal es el caso de la reciente designación del pregonero de Glorias, que, no por inesperada, deja de provocar un sonoro suspiro entre los aficionados al buen gusto y la sana ironía.
No es que el protagonista de esta elección carezca de méritos; de hecho, cualquiera podría reconocerle como un comunicador brillante, capaz de transformar en melodía hasta la nota más trivial de la página web corporativa. El problema, sin embargo, no reside en su talento, sino en el inesperado giro que adopta la realidad cuando la «auto-premiación» se disfraza de consenso unánime. Elegir como pregonero al propio responsable de comunicación del Consejo —justo cuando se trata del último pregón de la «incomparable» era Paco Vélez, cuyo segundo mandato concluirá en junio de 2026— produce en el observador externo una mezcla de perplejidad, hilaridad contenida y ese saludable escepticismo que tan bien viene para mantener la fe en la transparencia. ¿Habrá escrito el flamante pregonero su propio panegírico en la noticia que anuncia su nombramiento en la web del Consejo o se lo habrá encargado a la persona que lleva las redes sociales del presidente?
Cualquier lector perspicaz podría pensar, con cierta dosis de cinismo y no poca acidez, que se trata de un gratificante reconocimiento por servicios prestados. Y no es un pensamiento menor: la impresión se niega a diluirse aunque se repita, casi con obstinación, que la elección ha sido realizada por unanimidad por la Sección de Gloria del Consejo. Porque, como bien enseñaba la proverbial mujer del César, no basta con ser virtuoso: es imprescindible parecerlo. Y conceder prebendas dentro de tu propio equipo no suele aparecer en los tratados clásicos de ética como gesto edificante, sino más bien como ejemplo palmario de autopromoción.
El resultado es un cóctel de hipotética admiración por la capacidad del elegido, entremezclada con una sonrisa socarrona que se dibuja inevitablemente en el rostro de quien contempla la escena desde la barrera. Es un recordatorio de que en ciertos ámbitos —y el cofrade no es una excepción— el poder y la autocelebración bailan un tango con pasos complicados, donde la gracia reside en no pisarse mutuamente. Y, a veces, en reírse de la evidencia con complicidad.
Quizá algún día los consejos de hermandades adopten un código que impida, o al menos desaconseje, que el pregonero sea el que maneja los hilos de la comunicación. Hasta entonces, los observadores atentos —y los cronistas con sentido del humor— seguiremos disfrutando de estos gestos de elegante autopromoción, que mezclan la solemnidad del ritual con la sutil comicidad de la vida real.
Al fin y al cabo, en Sevilla, como en todo gran escenario social, la ironía es el mejor bálsamo contra la rutina institucional, y este episodio promete dejar un regusto agridulce: respeto por el talento, suspicacia por la forma y una risa contenida que todos compartimos bajo cuerda.





