La designación como cofrade ejemplar del sacerdote Pedro Soldado Barrios, hasta el pasado mes de octubre delegado diocesano para hermandades y cofradías de la diócesis de Córdoba, ha vuelto a activar con fuerza un debate latente en el mundo cofrade de la ciudad. No se trata de un nombre desconocido ni mucho menos: es una figura plenamente identificable, tanto por la acumulación de responsabilidades que ha concentrado durante años como por una trayectoria jalonada de acciones controvertidas y silencios persistentes, elementos que explican por qué su recorrido es celebrado por unos y cuestionado con intensidad por otros, hasta convertirse en motivo de desacuerdo.
El hecho de que un perfil que despierta opiniones tan encontradas haya sido distinguido precisamente con un galardón que apela a la ejemplaridad resulta especialmente llamativo. El nombramiento perpetrado este lunes en Córdoba no solo vuelve a situar a Soldado en primer plano, sino que pone bajo sospecha el propio sentido del reconocimiento, máxime cuando durante su etapa como delegado diocesano de hermandades protagonizó ciertos episodios poco edificantes, difíciles de conciliar con el espíritu que debería presidir un premio destinado, en teoría, a subrayar trayectorias intachables y ampliamente compartidas.
Entre los recuerdos más recientes destaca todo lo sucedido con la Salud de Puerta Nueva, una joven corporación que, con errores y defectos (que los ha tenido como todas), ha trabajado denodadamente para levantar una nueva cofradía en la ciudad, logrando además un notable éxito. Una realidad que contrasta con la situación de otras corporaciones que, pese a ostentar el título de hermandad, llevan años girando sobre sí mismas o caminando hacia su desaparición, sin que desde palacio haya llegado jamás recomendación alguna. Porque el gran pecado de la Salud de Puerta Nueva ha sido «ir demasiado rápido«, no se lo pierdan. ¿Saben en qué año se fundó la hermandad de La Paz? ¿Y saben en qué año salió a la calle por primera vez? Busquen ejemplos como este y respóndanse a sí mismos si la Salud de Puerta Nueva ha ido demasiado rápido o son otras las que van exasperadamente lentas.
La Salud de Puerta Nueva sufrió además un doloroso episodio con su antiguo titular, del que tuvo que prescindir por las condiciones inaceptables impuestas por el propietario de la imagen, hoy ubicada en el Buen Pastor —al menos por ahora— templo que se encuentra bajo el paraguas del párroco de la Trinidad, curiosamente actual delegado diocesano de hermandades y cofradías, JJJ Güeto, heredero, por tanto, de Soldado. Curiosamente, -también- será quien deba dilucidar el futuro de una corporación que continúa padeciendo el decretazo firmado por su antecesor, un decretazo amparado en presuntas razones que el paso del tiempo ha terminado por diluir, revelándose, algunas de ellas, como meras excusas.
Y este no es, ni mucho menos, un caso aislado. Los recuerdos sobre el cofrade ejemplar de nuevo cuño, de similar o de diversa índole, se cuentan por docenas entre los cofrades de la ciudad. Ahí queda igualmente el episodio de una hermandad sometida durante más de un año a una infame junta gestora, responsable de un daño incalculable tanto por sus acciones como por sus omisiones, bajo la mirada de quien ahora es elevado a los altares de la ejemplaridad. O el caso de tantos y tantos cofrades que han llamado a su puerta pidiendo su intervención, en todos estos años, obteniendo «la callada por respuesta». Yo, sin ir más lejos.
Les voy a hacer una confidencia, ahora que no nos escucha nadie -como diría la hija del dueño de un canal televisivo local, de quien admiro su ingenuidad-: desde la misma noche del anuncio más de una veintena de cofrades han comentado el premio conmigo, llevándose las manos a la cabeza. Alguno, con ironía no exenta de amargura, llegó a preguntarse si estábamos ante una broma propia del 28 de diciembre. La incredulidad ha sido generalizada y el desconcierto, palpable.
Este nombramiento termina de dilapidar el ya menguante prestigio del galardón, que debería servir para reconocer el trabajo desinteresado, callado y anónimo de tantos cofrades que son imprescindibles dentro de sus hermandades y prácticamente desconocidos fuera de ellas. Todos tenemos nombres en la cabeza; Juan de la Cruz López Navarro, “el maño” de las Penas, por citar uno, así al azar, habría sido un ejemplo perfecto. Cofrades que no necesitan incienso ni reconocimientos, pero que merecerían, al menos una vez en la vida, el aplauso unánime de la ciudad. Por lo visto, hemos perdido una oportunidad para hacer justicia.
Resulta inconcebible -al menos a mí- que una treintena de hermandades haya votado a favor de reconocer el historial de Soldado con las hermandades y mucho peor la ocurrencia de quienes lo han propuesto, sabiendo, como saben, que son muchos cofrades que han sufrido en carne propia ese “compromiso discreto” y esa “constante disponibilidad” que ahora se presentan como virtudes, hasta el punto de erigirlo en “referente moral y espiritual”. Todos ellos son corresponsables de prostituir el significado de un reconocimiento que no concita, ni de lejos, la unanimidad entre los cofrades cordobeses.
Tan inconcebible como haber sostenido que “su labor seguirá inspirando a las futuras generaciones de cofrades”. Ojalá no sea así, por Dios santo, aunque conviene no olvidar el viejo refrán: “otros vendrán que bueno te harán”. Y no menos discutible es atribuirle la promoción de la reorganización de la carrera oficial o del Vía Crucis Magno celebrado el pasado octubre, cuando una cosa es promover y otra muy distinta adherirse, afirmaciones que, siendo generosos, pueden calificarse de inexactas.
Es cierto que en el pasado este reconocimiento ha recaído en personas que tampoco lo merecían, pero también lo es que el nombramiento de este año alcanza tal grado de despropósito que casi invita a suprimir definitivamente el galardón y crear otro nuevo destinado a quienes de verdad deberían recibirlo. Algo parecido a lo ocurrido cuando se concedió el título de hermano de honor en una hermandad del Miércoles Santo a un individuo cuyo mayor legado fue causar un daño incalculable a lo largo de una biografía impresentable. Tras aquello, sólo cabía prohibir que ese reconocimiento volviera a otorgarse jamás.
Llegados a este punto, urge una reflexión profunda. Si no se pone fin a este reconocimiento, al menos debería reconducirse de manera drástica el criterio de elección, de forma que recaiga en personas que despierten una unanimidad real, porque cosechar una decena de votos en contra es un resultado claramente insuficiente, y, sobre todo, en quienes han trabajado de verdad por el bien de las hermandades sin esperar nunca incienso, dádivas, titulares ni loas. Cofrades anónimos, silenciosos y constantes, que encarnen sin discusión lo que debería significar, de una vez por todas, ser un auténtico cofrade ejemplar.





