Érase una vez un mafioso que había aprendido muy pronto el valor del disfraz. No vestía gabardina ni fumaba en callejones; se envolvía, en cambio, con los ropajes de una creencia antigua, hablaba de mansedumbre y sonreía como quien promete consuelo. Pertenecía al grupo que, en teoría, debía caminar más cerca de jefe omnipotente y ejercer la bondad como norma suprema, pero hizo exactamente lo contrario: convirtió la virtud en coartada y la moral en escenografía.
Desde siempre se especializó en engañar a los ciegos y a los incautos, presentándose como cordero cuando en realidad era lobo viejo y despiadado. Su sed de poder no conocía descanso. No quería servir, quería mandar; no aspiraba a orientar, sino a someter. Y para ello aprendió el arte más antiguo: confundir el miedo con la gratitud.
A lo largo de los años fue capaz de pisotear a cualquiera con tal de trepar un peldaño más. Machacó a sus semejantes, humilló a los débiles y se inmiscuyó sin pudor en la vida privada de quienes cometieron el error fatal de dejarle acercar los colmillos. Con paciencia de araña fue tejiendo una red clientelar, hecha de pequeños favores y grandes silencios, hasta convertir a muchos en un rebaño obediente, sumiso y dependiente. Tanto, que las vidas de algunos —y las de sus familias— acabaron colgando de su caridad interesada o de su capricho momentáneo.
Y entonces llegó otro premio. Otro más. Inmerecido. Porque el sujeto era un necio, un incompetente y la encarnación más descarnada del odio envuelto en incienso. Pero lejos de corregirse, redobló su método. Empezó a anticipar favores, incluso a resolver problemas que él mismo había creado, como el prestamista que primero ahoga y luego ofrece oxígeno. Favores que, fiel a su estilo, cobraría con intereses usurarios. Primero te ayuda. Después te ata. Todo —no lo olviden— con un único objetivo: el poder.
Su hijoputismo alcanzó cotas de manual cuando fue incapaz siquiera de conceder una recepción a la institución más importante que dependía de él. No fue por falta de tiempo, como alegó con una excusa tan barata que ni él mismo se la creyó. Fue por algo mucho más sencillo y más ruin: humillar, recordar quién manda, dejar claro que el desprecio también es una herramienta de gobierno.
Aún hay quienes no terminan de entender que su ambición no es solo mandar, sino dominar y humillar a todos los que viven bajo su yugo miserable. Otros —los más listos, los que tienen más calle— han empezado a descifrar sus mentiras, a señalar a sus topos, a alertar de un gobierno en la sombra que no busca ayudar, sino sustituir y controlarlo todo. Porque cuando lo consiga, no habrá escapatoria: obedecer o ser destruido será la única disyuntiva.
Y así, queridos niños, termina este cuento que no lo es tanto. Estad atentos. No os fiéis jamás del lobo con piel de cordero. No creáis sus palabras melosas ni aceptéis sus regalos envenenados. Desconfiad de quien ofrece demasiado sin pedir nada… porque siempre cobra después. Rechazad sus promesas, huid de sus garras y renegad de sus reclamos, porque quien cae en su red vende su alma por un puñado de monedas y descubre demasiado tarde que la libertad no se recupera.





