El cirineo | Un vergonzoso pulso mediático patético y deplorable

En un mundo normal, en una situación normal, en un universo paralelo en el que nadie deseara desautorizar a nadie, las visitas del obispo a las hermandades deberían haberse concebido de manera coherente y coordinada con los recorridos de la Agrupación de Cofradías, como ocurre en aquellos sitios donde se actúa con sentido común. Pero no. Lo que hemos presenciado en Córdoba es otra cosa: dos recorridos institucionales que avanzan por separado, como si la ciudad necesitara demostrar que existen dos autoridades que, en el fondo, ni se miran ni se escuchan, y no una que actúa contraprogramando a quienes ejercen, todavía, la máxima representación de las cofradías cordobesas.

La agenda del obispo Jesús Fernández, comprimida hasta el extremo, establece que dedicará entre diez y quince minutos a cada hermandad, tiempo suficiente para saludar, firmar en el libro de honor y posar para la fotografía oficial. Esa breve estancia, si acaso, permite un breve intercambio de palabras y un gesto de cortesía; poco más. La cercanía del tiempo de Pasión ha precipitado la organización de esta densidad institucional extraordinaria, un calendario milimétrico que, aunque garantiza la presencia episcopal en todas las corporaciones, limita de forma evidente la posibilidad de conocer de verdad los preparativos de cada hermandad. En la práctica, lo que prima es la imagen y la formalidad, no la comprensión real de la labor cofrade, pese a la burra que quisieron vendernos «al principio de los tiempos».

El error, en este caso, no es la visita en sí, sino su descoordinación. Mientras la Agrupación de Cofradías realiza desde hace años su recorrido anual, minucioso y consensuado, ofreciendo una sensación de unidad y respeto a la estructura de la Semana Santa, la iniciativa episcopal se ha planteado como un programa paralelo, capaz únicamente de generar escenas absurdas: dos itinerarios que avanzan separados, dos agendas que no dialogan, y un público que percibe más el gesto institucional que el contenido real de la visita.

A quienes desde Palacio han perpetrado esta innombrable iniciativa se les debería caer la cara de vergüenza. Un programa conjunto, coordinado con la Agrupación de Cofradías, no solo habría sido más lógico, sino que habría reforzado la idea de que la Semana Santa cordobesa funciona bajo un criterio de unidad y respeto mutuo. En lugar de eso, se ha optado por caminos paralelos, gestos simbólicos de autoridad y fotografías que parecen lo único que importa.

La lógica, la prudencia y la sensibilidad institucional han sido sacrificadas en aras de un efecto mediático que reduce la visita episcopal a un par de saludos, una bendición y un clic fotográfico. Si la intención era mostrar cercanía y compromiso, el resultado ha sido justamente lo contrario: fragmentación, confusión y espectáculo vacío. En este universo paralelo que algunos han decidido construir, la Semana Santa deja de ser una celebración compartida y devocional para convertirse en un desfile de gestos paralelos, donde la coordinación y el respeto al trabajo de las hermandades pasan a un segundo plano.

La visita del obispo debería haber sido un momento de cohesión, diálogo y reconocimiento real, y producirse al mismo tiempo que las visitas de quienes ostentan la auténtica representación de las hermandades, no un simple trámite fotográfico. Y la verdadera pregunta que queda flotando en el aire es si quienes diseñan estas agendas, -que desde luego no ha sido el obispo, porque al pobre hombre, que aún no sabe dónde está, lo están llevando de un lugar a otro enterándose de más bien poco-, entienden que la Semana Santa no es solo presencia institucional, sino comunidad, memoria y corazón, y no un pulso mediático patético y deplorable.