El cirineo | Una oportunidad perdida

Hay jornadas que, más allá de su belleza o de su significado devocional, quedan grabadas en la memoria colectiva por lo que pudieron ser y no fueron. El Vía Crucis Magno de Córdoba nació con la pretensión de ser una exaltación de la fe, un encuentro de comunión entre las hermandades de la diócesis, un acontecimiento que aunara arte, espiritualidad y catequesis pública. Pero la realidad, tozuda y cruel, se impuso con toda su fuerza: lo que debía ser una página dorada de la historia cofrade se convirtió en un despropósito organizativo de proporciones mayúsculas, una demostración palpable de que el exceso y la falta de sentido común pueden arruinar las mejores intenciones.

La ciudad esperaba una tarde de solemnidad y fervor, y lo que presenció fue una sucesión de retrasos, improvisaciones, cambios de orden y errores en cadena. El desconcierto sustituyó a la planificación, y la sensación general fue la de asistir a un espectáculo desbordado por su propia ambición. El caos fue absoluto, y lo peor es que era perfectamente previsible. Nadie con un mínimo de experiencia en la organización de actos cofrades podía pensar que treinta y cuatro pasos en la calle, con sus correspondientes itinerarios, tiempos y cuadrillas, pudieran convivir en una misma jornada sin que todo se viniera abajo. Era materialmente imposible.

Y ahí radica la raíz del problema: la falta de prudencia. Faltó mesura, faltó sensatez, y sobró esa suficiencia que tanto daño hace cuando se confunde autoridad con acierto. La Agrupación de Cofradías debió decir “no” cuando la idea dejó de ser razonable y se convirtió -por obra y gracia de la imposición de quien no tiene ni puñetera idea de cofradías- en un proyecto sobredimensionado. Y las hermandades, con el mismo sentido de responsabilidad que exhiben en sus propios cultos y estaciones de penitencia, también debieron decir “no” cuando fueron invitadas a participar en un plan inviable desde su concepción. No se trataba de restar protagonismo ni de negar la oportunidad de mostrar la fe de la provincia; se trataba, sencillamente, de evitar que una idea hermosa terminara convertida en un espectáculo imposible de gestionar.

Porque una oportunidad histórica se ha malgastado. Córdoba tenía ante sí la posibilidad de ofrecer un Vía Crucis de catorce estaciones, con catorce imágenes de altísimo valor devocional y artístico, una representación medida, honda, sincera. Eso habría bastado para emocionar al pueblo, para elevar el espíritu y para dejar un testimonio perdurable. Sin embargo, la tentación del gigantismo se impuso: se quiso hacer más, mostrar más, sacar más, sin reparar en que el exceso —en cuestiones cofrades como en la vida— casi siempre termina por vaciar de sentido lo que se pretende engrandecer. Y de la música de la carrera oficial, mejor ni hablar. Un auténtico despropósito infumable, con honrosas excepciones.

No hay que buscar culpables entre los que se han dejado la piel para que esto saliera adelante. Muy al contrario, el reconocimiento debe dirigirse a quienes han trabajado sin descanso, con la esperanza de que el esfuerzo compensara la falta de realismo. Manolo Murillo, presidente de la Agrupación, ha demostrado una entrega digna de elogio, trabajando incansablemente, “como un negro”, en la expresión popular que aquí se entiende como sinónimo de esfuerzo agotador. A su lado, Manolo Bonilla, vicepresidente, ha luchado “como un jabato” para que el sentido común prevaleciera, para que la organización se mantuviera en pie cuando ya era evidente que el proyecto se tambaleaba. Y junto a ellos, la mayoría de los miembros de la Junta de Gobierno y del personal de la Agrupación —mi recuerdo especialmente para María José, ejemplo de compromiso y dedicación silenciosa— han sudado sangre por alcanzar un resultado digno. Ninguno de ellos merecía esto, ni recibir una paliza metafórica por un desastre que tienen responsables inmediatos.

Porque la reprobación la merecen quienes, desde su responsabilidad directa, pecaron de arrogancia y de desconocimiento, quienes llevaron el peso de la organización sin la preparación ni la experiencia necesarias para manejar un dispositivo de tal envergadura. La vocalía de estación de penitencia, con Rafael López a la cabeza, ha sido la gran responsable del desastre organizativo, y es justo reconocerlo sin rodeos. Buena parte de su equipo —el mismo que ya demostró en etapas anteriores su falta de capacidad— ha vuelto a exhibir las mismas carencias: descoordinación, falta de previsión y una preocupante desconexión con la realidad cofrade. Hay quienes, sencillamente, no saben de esto. Y lo peor es que, pese a saberlo, han vuelto a ocupar los mismos puestos.

Cuando las piezas no funcionan, lo lógico es cambiarlas. Y ha llegado el momento de hacerlo. No bastará con un informe o con una autocrítica en voz baja; lo ocurrido exige decisiones firmes y valientes. La única medida coherente, tras lo sucedido, es la dimisión del responsable de este fracaso organizativo, así como una profunda renovación de todo el equipo de estación de penitencia, conservando únicamente a quienes han demostrado solvencia y gratitud. Solo así podrá preservarse la credibilidad de la Agrupación y la dignidad de quienes sí han trabajado con rigor y fe.

Claro que hubo momentos de belleza inolvidable, instantes que quedarán grabados en la retina y en la memoria colectiva de los cofrades. El elegante caminar de la Virgen de la O, envuelta en una solemnidad que rozaba lo sobrenatural; la sobrecogedora mirada de la Columna de Lucena, que pareció detener el tiempo; la espectacularidad del Huerto de Cabra, ejemplo de fuerza y armonía; o la sobriedad conmovedora de los Afligidos de Puente Genil, que hizo vibrar a quienes se agolpaban en las aceras. También la imponente escena de la Expiración de La Rambla, majestuosa y silenciosa en su dramatismo, o la elegancia doliente de la Columna de Priego, que recorrió Córdoba con el peso sereno de su belleza. Y cómo olvidar el momentazo de la noche, cuando la Esperanza y la Paz se encontraron en Capitulares, ofreciendo uno de esos cruces que justifican toda una jornada, o cuando la propia Paloma de Capuchinos atravesó, aún nadie sabe cómo, la inmensidad en que se convirtió la calle Ramírez de las Casas Deza, bajo ese cielo de banderolas por el que algunos estaban más preocupados que por la misma organización del evento; y así nos ha ído. Pero ninguno de estos instantes luminosos puede acallar la atronadora realidad de que lo que pudo ser un sueño compartido acabó convirtiéndose, con el paso de las horas, en una pesadilla de desorden y agotamiento, de la que muchos deseaban despertar mientras la noche se precipitaba sin remedio hacia el desastre.

Este Vía Crucis Magno que ni fue Vía Crucis ni fue Magno deja una enseñanza dolorosa: cuando la ambición sustituye al discernimiento, la fe se convierte en un decorado hueco. No se hace apostolado a base de extraordinarias, ni se evangeliza saturando calles de imágenes sin sentido de proporción. Lo que debía ser un acto de oración se transformó en un desfile interminable, una suma de esfuerzos sin alma común, un espejo deformado de lo que Córdoba sabe hacer cuando el corazón guía y no la vanidad.

Y por eso duele. Mucho. Duele por el trabajo de tantos buenos cofrades, como los que he nombrado y como otros cuyo nombre he callado, que merecían otro desenlace. Todos ellos tienen mi cariño, mi amistad y mi respeto. Y por todos ellos siento esta amargura dentro, desde que la cosa empezó a torcerse, mientras algunos observábamos con impotencia cómo se encadenaban errores ante nuestros ojos sin que nadie hiciese nada para resolverlo. Y duele por la ciudad, que aguardaba un día de fe compartida y recibió un cúmulo de errores y una sonora decepción. Duele, en definitiva, por lo que se ha perdido: la oportunidad de demostrar al mundo que Córdoba podía conjugar el arte, la fe y la organización en una sola jornada memorable.

Todo ello aderezado —y conviene decirlo con claridad— con una suficiencia que sobró y una humildad preventiva que faltó. Un poco de mesura habría bastado para no convertir una buena idea, que podía haberse materializado en un recuerdo luminoso, en una locura sobredimensionada, en un resultado fallido, en una oportunidad perdida. Y no una oportunidad cualquiera, sino una de esas que no se repiten, porque cuando la confianza del pueblo se resquebraja, cuesta años reconstruirla.

Ahora toca asumir responsabilidades. Tras la tempestad, llega el momento de decidir, y las decisiones no pueden aplazarse más. Si algo ha enseñado esta dolorosa experiencia es que el amor a las cofradías no consiste en perpetuar los errores, sino en tener la valentía de corregirlos.

Y que solo desde la humildad, la autocrítica y el servicio desinteresado podrá Córdoba volver a levantar —con orden y con fe— aquello que otros, por orgullo o ceguera, dejaron caer. Porque lo de ayer, por mucho que se intente maquillar, ni fue Vía Crucis ni fue Magno. Fue, sencillamente, una oportunidad perdida.