El cirineo | Una repugnante campaña de acoso y derribo contra el hombre que se atrevió a desafiar al poder

En tiempos donde resulta cómodo aplaudir la infamia y sumarse a la jauría, alzar la voz en favor de quien es blanco de una despiadada campaña de demolición moral se ha convertido, lamentablemente, en un acto de osadía. Defender hoy al hermano mayor de la Macarena, José Antonio Fernández Cabrero, supone poco menos que exponerse al escarnio de una Sevilla cofrade que ha permitido, con pasmosa complacencia, que el odio y el resentimiento dicten el discurso dominante. ¿Pero qué hace el Cirineo defendiendo a quien, ahora mismo, hay que atacar por decreto, porque quienes mandan han tocado a rebato? ¿Qué quieren que les diga? Siempre me ha gustado llevar la contraria… O sencillamente opinar lo que me sale de las narices.

Sí, se han cometido errores. Nadie en su sano juicio pretende negar que se produjeron decisiones discutibles —desde la elección y sostenimiento del vestidor hasta la cuestionada política de designación de algunos lamentables cartelistas—, y que, sobre todo en el último tramo de este periodo, se ha permitido que ciertos personajillos se perpetúen entre los muros de la basílica: presuntos «todoexpertos renacentistas» y plumillas de todo a cien incluidos. Pero reducir su mandato a una suma de despropósitos es una manipulación grosera que no resiste el más mínimo análisis honesto. Negar los aciertos de su gestión es un ejercicio de mezquindad disfrazado de crítica, y es precisamente esa injusticia la que delata la existencia de una estrategia bien urdida de acoso y derribo, orquestada desde distintos frentes que, bajo apariencia de preocupación por la hermandad, no hacen sino alimentar sus propias fobias y ambiciones.

Es cierto que quienes utilizaron su posición para travestir la información privilegiada interna de exclusiva o quienes usaron los canales oficiales para prostituir la imagen de la hermandad debieron haber sido puesto de patitas en la calle pero, sin restar responsabilidad alguna, que lógicamente corresponde en última instancia a quien más manda, ¿alguien piensa realmente que en una hermandad como la Macarena el hermano mayor está en la gestión de todas las decisiones diarias? Es absurdo. José Antonio Fernández Cabrero fue un soplo de aire fresco en una Sevilla cofrade impregnada de aroma a alcanfor. Un hombre que llegó al poder dejando claro que no sacaría a la Virgen en una salida extraordinaria, a cualquier precio. Y que se atrevió a enfrentarse a gigantes disfrazados de molinos de viento.

¿Qué crimen ha cometido este hermano mayor para merecer semejante linchamiento? ¿Acaso el de no haber nacido bajo la sombra de la Giralda? ¿O quizá el imperdonable pecado de no rendirse ante la dictadura de los corsés impuestos por el capillita rancio, incapaz de digerir que un cántabro —sí, un cántabro— haya pilotado con dignidad la mayor nave del orbe cofrade? Hay también quienes, parapetados tras el barniz del presunto periodismo, han afilado la pluma como daga, no para informar, sino para ejecutar una vendetta personal contra quien no cedió a sus chantajes ni reverenció sus dogmas y ahora contribuyen con la causa del acoso y derribo.

Pero este ataque tan virulento no procede sólo de las sombras del resentimiento. Parte también de estructuras institucionales obsesionadas con amputar la esencia de la Semana Santa sevillana. Desde las más altas instancias hace años que se está perpetrando una cruzada contra los grandes cortejos, promoviendo una restrictiva política de aforo nazareno revestida de un falso discurso de supuesta seguridad, cuando en realidad responde a un afán uniformador, autoritario, y profundamente ajeno al sentir popular. Y como ocurre con toda doctrina totalitaria, quien se atreve a disentir es tachado de hereje, señalado como peligro público, y convertido en blanco de una lapidación moral que recuerda a las más oscuras páginas del fanatismo ideológico. Una campaña contra los nazarenos en general y contra los nazarenos de la Macarena en particular.

Frente a esta tiranía de lo políticamente correcto, emergió la figura de Fernández Cabrero como un raro ejemplo de integridad. Podría haberse doblegado, podría haber impuesto restricciones a sus hermanos, podría haber entregado la libertad devocional a cambio del aplauso institucional. Pero eligió otro camino. El más difícil. Eligió plantar cara. Y solo por eso merece todo mi respeto.

Y cuando hubo que organizar las filas de nazarenos en grupos de cuatro o de cinco para garantizar el discurrir de la cofradía sin renunciar a nadie, lo hizo con resolución. Y cada año, cuando la Macarena llegaba a la Basílica, fue él quien, con orgullo legítimo, reconoció públicamente a quienes habían sostenido con esfuerzo el paso de la cofradía más multitudinaria del planeta. Esa actitud —generosa, valiente y libertaria— desató la furia de quienes se han sentido desafiados. ¿Es este uno de los orígenes de la actual campaña? ¿el rencor de los derrotados en la batalla del orgullo y el poder?

Hoy se pretende enterrar su legado entre el fango de la difamación y el veneno de la calumnia, ignorando que, como todo gobernante, acumuló aciertos y errores. Pero ningún error justifica el hostigamiento brutal al que está siendo sometido por personajes que, lejos de amar a la Semana Santa, la parasitan para su beneficio, y constituyen el verdadero cáncer de nuestras cofradías. Un cáncer al que nadie parece querer poner nombre, pero que exige una cirugía moral urgente.

Y es ahora, precisamente ahora, cuando lo fácil es rendirse al silencio o sumarse al coro de carroñeros y ser «políticamente correctos», cuando debemos levantar la voz para proclamar con firmeza: gracias, hermano mayor. Gracias por tu valentía. Gracias por resistir. Gracias por no venderte al dictador omnipotente ni arrodillarte ante los nuevos fariseos. Gracias por dar la cara por tus hermanos y por no disfrazar de prudencia lo que hubiera sido cobardía.

Tu legado no serán las salidas extraordinarias ni los inciensos interesados de quienes ahora te atacan con vileza. Tu legado será, sencillamente, el haber sido valiente en un tiempo de traidores y carroñeros. Eso, que no aparece en los balances ni en los titulares, es lo que te hará inolvidable. Y, por eso, esta columna no es un panegírico, sino un acto de justicia. La justicia que tanto le falta hoy a Sevilla.