Es sencillamente repugnante. La Hermandad de la Agonía atraviesa un momento crítico, marcado por la negativa del Cabildo Catedralicio a permitir su salida procesional desde la Catedral, y sin embargo un reducido grupo de hermanos parece disfrutar de esta humillación pública, como si su satisfacción personal pudiera justificar el perjuicio evidente hacia su propia corporación. No es crítica constructiva, no es disenso: es miseria humana en su esencia más elemental. Es difícil encontrar palabras que describan la bajeza moral de quienes, en vez de defender a su propia Hermandad, se regocijan en su desgracia. Su deleite es un puñal clavado en el corazón de la Hermandad, y eso lo hace aún más vil.
Cualquiera que me conoce sabe que durante casi dos décadas he mantenido una posición crítica frente a la gestión de mi propia Hermandad, pero jamás me alegré de las desgracias que la afectaban. Jamás. Y sabe Dios que tuve muchas oportunidades. Hoy, sin embargo, observamos cómo algunos no solo han olvidado la lealtad y la fraternidad, sino que celebran activamente una decisión que golpea la economía, la logística y el prestigio de todos los que forman parte de la corporación de El Naranjo. Su actitud revela lo que son: miserables que se alimentan del fracaso ajeno, incapaces de priorizar el bien común sobre sus frustraciones personales.
La negativa oficial del Cabildo, oficializada con casi dos semanas de retraso —aunque algunos de estos impresentables ya se ocuparon de rebuznar la decisión desde el mismo día de autos—, deja a la Hermandad de la Agonía en una situación de extrema vulnerabilidad. La medida, que impacta directamente en la estación de penitencia del Martes Santo, no solo pone en riesgo la sostenibilidad económica de la cofradía—con un brutal incremento de costes que puede multiplicarse de un año a otro—, sino que amenaza también la solemnidad del recorrido procesional, con horarios que dificultarían la participación de las bandas y la asistencia de los hermanos. Pues de todo eso se congratulan estos sujetos.
Pese a esta tormenta, la Junta de Gobierno ha actuado con serenidad y responsabilidad, solicitando reuniones extraordinarias para proteger la dignidad de la Hermandad y garantizar su continuidad. Es en este contexto donde la conducta de esos pocos hermanos —»pocos y cobardes», como diría Loquillo— cobra un carácter aún más indignante: celebran un golpe que sufre una entidad de la que forman parte, pero por la que demuestran no tener respeto ni amor alguno, y disfrutan de lo ocurrido como si fuese un botín, olvidando que lo que se pone en juego es la esencia misma de su Hermandad.
El regocijo de estos individuos no es más que la manifestación de sus frustraciones personales, de resentimientos acumulados por no poder mandar ni de influir decisivamente; en definitiva por no ser nadie «relevante». Por eso, tras haber sido colocado por sus hermanos donde merecen —en la puta calle—, se permiten jactarse y frotarse las manos con un deleite mezquino. Esta conducta no solo es inhumana, sino que degrada la noción de fraternidad que debería guiar cualquier cofradía: los propios miembros que deberían proteger a la Hermandad actúan como pusilánimes espectadores envueltos en un sadismo incalificable e impresentable. Es imposible defender la crueldad de este comportamiento. El hecho de que algunos miembros actúen como depredadores internos, celebrando el desastre, evidencia una ausencia casi absoluta de ética y de capacidad de empatizar con el prójimo que raya la psicopatía.
El detestable episodio refleja algo más que una simple disputa: evidencia la carencia de principios de quienes anteponen la venganza personal al bienestar colectivo. Mientras la Hermandad de la Agonía se esfuerza por mantener su viabilidad, su dignidad y su obra social —que se verá afectada para poder asumir los incrementos de costes que derivarán de la decisión del Cabildo, algo que parece no importar a nadie, más allá de a los hermanos a los que de verdad les duele la hermandad— , un grupo pequeño pero ruidoso se regocija en el dolor del resto de sus hermanos, demostrando que la verdadera amenaza no siempre viene del exterior, sino de aquellos que, por mezquindad o envidia, no dudan en socavar lo que deberían proteger.
Si algo queda claro, es que la grandeza de una hermandad no se mide por sus procesiones, sino por la lealtad y la nobleza de sus miembros. Y en este caso, algunos han dejado a la vista su verdadera condición: gentuza que celebra el daño a los suyos. No hay excusa que valga. Estos individuos son la representación de la peor condición humana: traición disfrazada de regocijo, envidia vestida de orgullo, y una satisfacción tan mezquina que mancha cualquier principio de hermandad. Estos son los que sobran.
Mientras la Hermandad de la Agonía lucha por sobrevivir a un golpe institucional desproporcionado, ellos gozan como hienas ante el sufrimiento ajeno que debería ser propio. Y no es solo despreciable: es indecoroso, ruin y moralmente corrupto. La historia los juzgará, y su alegría macabra quedará como un testimonio de su bajeza. Porque celebrar que tu propia hermandad sufra es, en esencia, ser la peor versión de uno mismo. Y eso, por mucho que lo disfruten, no es orgullo; es vileza en su estado más puro.





