Reconozco —y lo hago sin ambages— que en los últimos días he vivido sumido en un turbión de emociones, un verdadero carrusel en el que la indignación y la lucidez crítica se entrelazan con la fatiga moral que produce contemplar cómo la mediocridad se disfraza de virtud. Mis observaciones acerca de los graves errores de organización cometidos por el equipo de estación de penitencia de la Agrupación de Cofradías de Córdoba, que desembocaron en el caos del reciente Vía Crucis Magno, me han procurado tanto adhesiones sinceras como reacciones airadas. Es el precio inevitable de ejercer la opinión con libertad: una normalidad que a estas alturas acepto con la serenidad de quien ya no se sorprende de las consecuencias de decir lo que piensa.
No obstante, lo ocurrido con la destitución de un capataz en Córdoba ha traído consigo una avalancha de críticas que me resultan, cuanto menos, desconcertantes. No recuerdo haber escrito una sola línea sobre el asunto y, sin embargo, los inquisidores de la moral ajena han vuelto a dictar sentencia, como si la libertad de expresión debiera estar supeditada a su antojo. Pretenden imponer una suerte de dictadura moral revestida de buenas formas, un modelo de censura sutil y cobarde contra el que este modesto espacio de pensamiento —mi refugio y mi trinchera— no está dispuesto a claudicar.
Pero de todas las turbulencias vividas estos días, la más amarga e inesperada tuvo lugar hace unos días, a las puertas de la casa donde crecí y de la que me expulsaron tras lo que un buen amigo definió como “la campaña más miserable y repugnante que haya contemplado”. Aquel amigo, que ni siquiera forma parte de mi familia, reconocía así la magnitud del lodazal en el que algunos decidieron revolcarse, esparciendo calumnias y basura con la impunidad de quien cree que todo se perdona con el mero paso del tiempo, con una sonrisa hipócrita o con un abrazo envenenado.
El episodio, grotesco por su mezquindad, comenzó con un insulto —“mafioso”— lanzado a mis espaldas. Corleone calificando a otro de mafioso no deja de tener su gracia. Todo un ejercicio de humor negro. Luego vinieron las acusaciones sin fundamento, las tergiversaciones, las falsedades y, finalmente, el estribillo de la hipocresía, repetido con una cadencia insoportable: “Yo siempre quise mucho a tu padre y a tu madre”. Palabras que muchas veces se han usado como presunto salvoconducto para justificar la vileza, como si el afecto pudiera usarse como coartada del daño o como bálsamo que blanquea la traición. Cariño —dicen—, cuando lo que en realidad esconden son años de silencios cómplices y miserias consentidas.
El error de todos ellos ha sido pensar que “yo soy mi padre”. No. Yo soy mi madre: la rebelde, la insumisa, la que no agacha la cabeza ni endulza el discurso por conveniencia. Mi padre, hombre de temple noble y prudente, eligió el silencio institucional ante la perfidia; yo no comparto esa virtud que, en su caso, fue también su condena. Él calló cuando debió señalar y actuar en consecuencia. Él perdonó cuando debió poner de patitas en la calle a los que urdieron su caída. Por eso hoy, cuando veo a los mismos Judas pavonearse por las calles de Córdoba, me duele recordar que aquel hombre honrado se marchó con la tristeza de haber confiado en quien solo ansiaba venderlo por treinta monedas y un cargo menor.
A mí no me pidan la templanza de los mártires. No soy un mártir, soy un guerrero, una gota malaya, un martillo pilón. Y muy pesado, lo reconozco. La compasión que reclaman para sí solo se concede a quien la merece. Si de verdad hubieran querido a mis padres, habrían defendido su honor cuando fue mancillado, habrían rechazado el rumor y el chisme, habrían cerrado filas en torno a la verdad. Pero eligieron el silencio de los cobardes o, peor aún, la colaboración activa en la infamia. Su supuesto cariño no es más que veneno edulcorado, un intento de lavar culpas con abrazos falsos y sonrisas de carnaval. Dejen ya de repetir la misma mentira, que no se la cree nadie que les conozca.
Por eso advierto, con la serenidad del que no teme: quien pretenda devolver a mi familia a la podredumbre que durante años la asfixió, quien aspire a recuperar parcelas de poder bajo la excusa del sentimentalismo o la nostalgia, que no espere mi silencio. Porque algunos confunden la educación con la sumisión y la prudencia con la cobardía. Yo no. Lo aprendí de mi madre: más vale morir de pie que vivir de rodillas. Y aún más: quien ose reabrir la guerra que tanto costó cerrar, quien intente dinamitar la paz que con esfuerzo y cicatrices hemos reconstruido, hallará enfrente a un incansable luchador por las causas perdidas, dispuesto a resistir hasta el último aliento frente a la injusticia y el deshonor. Cueste lo que cueste.
Menos mal que aunque a veces el aire se vuelve irrespirable en ciertos ambientes de esta ciudad —donde los egos pesan más que las convicciones—, tengo la dicha de pertenecer a dos hermandades luminosas, oasis de fraternidad y sinceridad en medio de este océano de imposturas. Allí, donde todo es paz, autenticidad, rocío del cielo y consuelo, me refugio de las tempestades de la vida cotidiana. Allí nada de esto ocurre, gracias a Dios. Allí, al menos, los abrazos no hieren. Allí, al fin, uno puede respirar y creer que no todo está perdido.





