La polémica que ha surgido en las últimas semanas en los círculos cofrades de la ciudad de Córdoba en torno a la posición que ha ocupado este año la Hermandad del Sepulcro en la carrera oficial del Viernes Santo ha sido intensa y, en buena medida, comprensible. Resulta comprensible porque altera tradiciones muy arraigadas y toca la sensibilidad de quienes observamos la Semana Santa con devoción y atención histórica. A pesar de que la mayoría de los cofrades discrepa, comparto algunas de las razones que la hermandad ha expuesto, convencido de que son coherentes, razonables y en absoluto irrespetuosas con su identidad particular.
Para empezar, creo que es falso que la Hermandad del Sepulcro busque ser la primera en transitar por la carrera oficial. En realidad, lo que ha defendido la cofradía es evitar que el tránsito hacia la Iglesia de la Compañía, en la madrugada del Sábado Santo, atraviese calles que a esas horas se transforman en un hervidero de bares y concurrencia nocturna, lo que resulta incompatible con la solemnidad y el carácter de una hermandad de silencio como ésta.
Comparto también la idea de que, si en ningún lugar está escrito expresamente que esta hermandad deba ser diferente al resto, ¿por qué tratarla de manera distinta? No existe norma alguna que indique que deba cerrar la jornada; por tanto, no hay razón para impedirle ocupar otra posición si no queda más remedio. Y no le queda más remedio porque, aunque hubiera sido muy sencillo adelantar la jornada, permitiendo que el Sepulcro pueda ser la última del día sin tener que regresar a su templo en plena madrugada, un responsable de una iglesia de la que sale una de las hermandades de la jornada se ha negado a adelantar los oficios, cogiendo por salva sea la parte a todas las hermandades del día.
En esta tesitura, ¿me gusta que el Sepulcro haya pasado primero? Claramente no. Pero menos me agrada que toda la jornada del Viernes Santo quede supeditada al capricho y la intransigencia de una persona, que ha impedido que se mantenga el orden tradicional de la jornada adelantando el horario.
También resulta llamativo que se cargue con dureza contra la hermandad y la agrupación, mientras apenas se recuerda que esta misma petición se formuló en años anteriores y recibió la rotunda negativa del delegado diocesano de hermandades. En esta ocasión, a consultas de la Agrupación, la jerarquía eclesiástica decidió no pronunciarse, ni a favor ni en contra; es decir, el obispado no se opuso, aunque otra cosa es que al obispo le haya complacido el resultado. Surge, entonces, la pregunta: ¿qué cambió de un año a otro para que la postura fuera distinta? Respóndanse a sí mismos y encontrarán la solución.
Por todo ello, si de repartir presuntas culpas se trata, sería conveniente que cada palo aguante su vela: la hermandad, la agrupación (limitada por el acuerdo favorable entre las hermandades y la consulta a la curia) y la propia diócesis, que en el pasado se negó con rotundidad y este año se puso de perfil. Mientras todos discuten sobre responsabilidades, yo me reitero: comparto algunas de las razones del Sepulcro -a pesar de que deseo que, más pronto que tarde, vuelva a ser la última de la jornada; a ver lo que dura esta provisionalidad frente a otras-, aun sabiendo que mi posición es minoritaria, pero consciente de su coherencia y del respeto que merece la diversidad de opiniones, si están fundamentadas, dentro de nuestra Semana Santa.





