A pulso aliviao, Opinión

El cónclave del rebujito

La Semana Santa y la Feria son dos tradiciones de la primavera sevillana que aparentemente no tienen demasiado en común.

Sin embargo, las interrelaciones entre ambos acontecimientos son evidentes en la práctica, pues al igual que las tiendas exhiben a la vez las mantillas negras del Viernes Santo con los impresionantes mantones de manila que se pasearán por el real, también los cofrades se llevan los retales de la última Semana Santa a la caseta.

Y es que los amantes de las procesiones viven intensamente la feria, y aprovechan el ambiente festivo y acogedor para desgranar y analizar lo acaecido en los días de la pasión.

No piense mal. No estoy hablando de los hermanos mayores o los miembros del consejo de hermandades que se reunían este mediodía en la caseta municipal. Ese encuentro era un simple saludo protocolario en el real, como manda el marketing local en estas ocasiones. Se trata de una cita para comer, beber y bailar con mesura, dando la mejor imagen y charlando de temas recurrentes: Qué bonita entrada hizo este paso en Campana, el tiempo acompañó casi todos los días, qué contento quedó el nuevo arzobispo, qué me gustó el nuevo palio de la Resurrección… Y así hasta que la formalidad culmina con el estrechón de manos oportuno para empezar el cachondeo en las casetas particulares.

Y es ahí, cuando comienza la tranquilidad de un ambiente más familiar entre amigos, cuando el cofrade, de vara y de paisano, empieza a largar como un descosido.

El real se convierte estos días en una auténtica mesa de análisis de cada detalle de nuestra semana grande, donde se pueden llegar a aportar soluciones muy ingeniosas (sobre todo conforme avanza la tarde), a dilemas totalmente atascados como los que sufre el Martes Santo o la Madrugada.

No exagero, señores, qué va. Puedo asegurarles que en la feria se arregla la carrera oficial, varias jornadas de Semana Santa, los recorridos, el tiempo de paso, los retrasos, los nazarenos y hasta la seguridad.

Se arregla en teoría, claro, ya que el sábado se acabará la celebración con los fuegos artificiales… Y pummmm, todo lo hablado se quedará en papel mojado y en el recuerdo de aquellos que lo propusieron.

Y por ello aprovecho estas líneas para homenajear los grandes proyectos que se cocieron con varios cofrades sentados a modo de cónclave vaticano en sus sillas de quidiello mientras entonaban el cuerpo con una jarra fría de Rebujito y unos cuantos montaitos de lomo con salsa al whisky.

Esos borradores que hubieran solucionado muchos problemas serán el mejor legado de cada feria, que paradójicamente siempre será el lugar y el momento idóneo para comentar las luces y sombras de la Semana Santa.