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El Respiradero, 💙 Opinión

El confesor de la Virgen

La iglesia estaba en penumbra a última hora de la tarde. El silencio orador se rasgaba por unas pisadas firmes en el mármol. Se hacía de noche e incluso a oscuras un hombre andaba por el templo casi sin ver como si estuviese en su propia casa. Los velones de algún altar iluminaban su cabellera ya desprovista de muchos pelos y una chaqueta bien cuidada. LLevaba en sus brazos una pieza de tisú. Mientras sus labios traicionaban un pensamiento callado pronunciando algunos nombre: Concha, Pepa Sanz, Luisa Xarrié, Ángela Salvago; todas camareras de la Virgen de los Dolores.

Cuando llegó a la capilla de la Virgen cerró la cortina. Todo era intimidad. A solas se le venían multitud de recuerdos. Cómo su madre le enseñó a querer a la Dolorosa;, el verano de 1936 cuando entró de monaguillo y una de sus primeras tareas fue recoger los trozos mutilados de las Imágenes; y el recuerdo de tantas personas que han pasado por los ojos de la Virgen.

Con la capilla iluminada se adivinaba alguna arruga a este hombre. En el pueblo sabían que era mayor aunque su rostro y su vitalidad decían lo contrario. Llevaba cuarenta años vistiendo a la Virgen y sus manos seguían teniendo una infinita delicadeza. Nadie sabe lo que pasaba dentro cuando estaban a solas los dos. Madre e hijo en profunda conversación. Palabras que quedarán siempre guardadas en el corto espacio del corazón del vestidor y el pecho de la Virgen.

Por las calles se comentaban que tal era su confianza con la Virgen de los Dolores que Ella misma le contaba sus alegrías y sus penas. Como si fuera otra vecina más que acudía a la peluquería de este hombre para contarle sus «cosas». Sus manos servían para llenar de belleza a las mujeres de su pueblo e impregnar de majestad a la Reina de este mundo.

En su vida no ha tenido mayor orgullo que vestir a la Virgen. Cuando salía de la capilla se le notaba en su rostro una felicidad desbordada. Ella fue la niña que nunca tuvo. La pasión de sus días. Querer sin excusas y ser el más elegante del pueblo la mañana del Viernes Santo esperando en la puerta de su casa la llegada de la Virgen.

El próximo Viernes Santo se quedará huérfano el rincón de la puerta del templo donde siempre la veía salir. En su calle las notas de Reina de San Román sonarán a gori-gori y alguna de las lágrimas de la Virgen se caerán por él. La plata será más vieja que nunca. Los alfileres se clavarán como puñales y el olor a clavel un recuerdo que no podrá ser disimulado.

El otro día lo volvía ver donde siempre. Camino de la capilla de la Virgen de los Dolores. Estaba vez con los pies por delante. Era una tarde de verano de sombreros panamás en los bancos. Llevaba por última vez la túnica negra de la cofradía y su escudo en el pecho. No había trajes que igualaran la elegancia de la túnica de la Virgen de los Dolores, por eso quiso despedirse así.

Se marchó con la gracia con la que se aleja un palio. Con la finura de un palio negro de Rodríguez Ojeda custodiado por faroles de cola. Categoría torera bajo las bóvedas del templo. Hoy la Virgen se ha llevado a su confesor al Cielo. Se llamaba Antonio López Jiménez pero se pronunciaba ‘Cipriano’. Su mayor orgullo ser camarero de la Virgen de los Dolores que es como haber ido antes al Cielo.

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