Los conventos de clausura guardan en su interior auténticas joyas. Obras de grandes imagineros, retablos imposibles y lienzos que, a merced del polvo y el olvido, han sido testigos de una realidad que pocas veces se conoce. Quizá por ello, en los rincones de la memoria, resuenen ecos lejanos de una tradición que antaño gozó de gran esplendor pero que fue perdiéndose con el devenir de los años.
Cuando en 1472 se funda el convento dominico de Madre de Dios, poco podían imaginar las monjas que a aquellos años de necesidad se le sumaría, durante la última década del siglo XV, la llegada de varias inundaciones provocadas por las incesantes subidas del caudal del Guadalquivir que desencadenarían su marcha del antiguo arrabal. De Triana pasarían al barrio de San Bartolomé, cerca de la parroquia de San Nicolás. De las orillas del río al corazón de la judería. Gracias a la ayuda de Isabel la Católica, quien concedió a la comunidad unas casas en pleno centro de la ciudad, las novicias comenzaban una nueva etapa.
Alrededor de un siglo más tarde desde su fundación se terminaría la construcción de la iglesia que, junto con dos patios y diversas dependencias, conformarían un nuevo convento que se sumaba a los ya existentes. La fachada, caracterizada por su sobriedad y coronada por una hornacina donde se representa a la virgen María entregando el rosario a Santo Domingo, con Dios presidiendo la escena, no advierte de los grandes tesoros que acoge en su interior. Tal fue la inversión que realizaron, que las monjas pidieron ayuda, en esta ocasión, a Felipe III. Una vez concedida, comenzaba una época de esplendor para la comunidad dominica. Precisamente de la época del último Austria y nieto de Felipe III, Carlos II, data un interesante documento donde se recogen datos sobre cómo celebraban las monjas la celebración más importante de todas: la de Jesús Sacramentado. Los conventos, con centenarios tomos en sus humildes bibliotecas, guardan a menudo legajos que dan testimonio de un pasado de esplendor, de historias como esta, que fue rescatada por Gestoso.
La priora del cenobio, por aquel entonces Sor María de San Jerónimo y Sandier, exponía por aquel año de 1687 que, un vecino de la collación, el capitán don Andrés Vandorne, quien había costeado las obras del retablo mayor, entregaba sus bienes y una nada desdeñable cantidad de dinero con la finalidad de que se celebrasen una solemne procesión del Corpus, con su octava, las vísperas y seis misas cantadas. La misma debía de celebrarse en el domingo de julio más próximo al día de San Buenaventura. Aunque las dominicas ya habían celebrado antiguamente esta fiesta, con esta serie de donaciones se recuperaba por todo lo alto.
El retablo mayor se recubriría con guirnaldas, adornándose también las capillas laterales con velas y flores. La procesión saldría por la puerta grande de la iglesia y recorrería el interior del convento. Al paso del Santísimo Sacramento le acompañarían otros, tales como la Virgen de los Ángeles con el niño Jesús, Santo Domingo, fundador de la Orden, y Santa Catalina de Siena. Detrás de la sagrada forma, ocho sacerdotes del desaparecido convento de San Pablo. A pesar de que se especifica que no podían añadirse más santos ni eliminar los que ya eran procesionados, tras una dotación realizada por el mismo capitán en 1692, se conformaba un nuevo cortejo. A los pasos existentes se añadían ahora un niño Jesús, San Francisco y Santo Tomás de Aquino, dejando la puerta abierta a la incorporación de otros santos. Por otra parte, a los cohetes, música, gigantes y danzas se les sumaban ahora doce niños.
Glorioso tuvo que ser el siglo venidero para la comunidad, pues para la festividad del Corpus, las dominicas introdujeron importantes cambios que potenciaron aún más la celebración más importante del orbe católico. Comenzaba con música por las calles, el pregonero anunciando la procesión por las manzanas de casas aledañas, el arrayán cubriendo el suelo y las calles adornadas con colgaduras y tapices. Incluso a finales del siglo XVIII el número de pasos había aumentado considerablemente. A los tradicionales, se les sumaba la Virgen del Rosario, Nuestra Señora de la Montaña, San Vicente Ferrer, Santa Rosa y, quizá el más curioso de todos, el que mostraba la cabeza de San Laureano, de plata, sobre una bandeja del mismo metal.
La fiesta comenzó a languidecer a finales del primer cuarto del siglo XIX. Probablemente las corrientes liberales tuvieron bastante que ver en que la citada celebración mermase considerablemente hasta prácticamente provocar su extinción. Se perdía una tradición de siglos que en pleno mes de julio convertía al barrio de San Bartolomé en el corazón eucarístico de la antigua Híspalis.





