El Cristo encadenado

A principios del siglo XVII se funda una hermandad en el monasterio de San Benito de la Calzada, aprobándose sus Reglas tan solo dos días después, en este caso por el provisor del arzobispado, por aquel entonces Antonio de Covarrubias y Leiva. 23 capítulos donde no se especificaba nada sobre las imágenes ni los pasos, aunque sí consta que debía de realizar estación de penitencia la tarde del Viernes Santo a cinco iglesias. Un año antes, el cardenal Niño de Guevara decretó que las corporaciones debían de hacer estación de penitencia a la catedral. Sin embargo, aquella hermandad, la de las Tres Caídas, tenía previsto otro recorrido, contenido en sus Reglas que, aunque perdidas, consultó Bermejo.

Pocos datos existen en torno a la evolución de esta hermandad en los años posteriores, encontrándose la primera referencia en un libro de acuerdos, del año 1631, en el que se recoge el título de la misma: “Cofradía de las Tres Caídas de Cristo Nuestro Señor y la Virgen y Madre de Dios del Arco y Ánimas Benditas del Purgatorio”. También se conoce la fecha del primer cabildo, en este caso acaecido el 11 de mayo en la iglesia de San Roque.

De las imágenes no se tendrá conocimiento hasta 1632, cuando la corporación contrata a Pedro Nieto para la realización de la imagen titular. Se trató de un Nazareno de pasta y telas encoladas que agarraba la cruz con las dos manos. Una iconografía distinta a las que se habían realizado con Jesús caído, ya que este no aparecía con una de las manos apoyándose sino caído y con las dos dispuestas alrededor del madero. Otra de las peculiaridades es que la imagen giraba la cabeza hacia la izquierda, cargando con la cruz en su hombro derecho, como lo hace el Nazareno del Silencio. El Nazareno iba revestido con una túnica púrpura, salpicada por la Cruz de Santiago. La cantidad que costó la imagen también se conoce: setecientos reales, dando cuatrocientos al contado. Y parece ser que en el paso iba Jesús solo, sin la ayuda del Cirineo, pues no hay constancia de Simón hasta bien entrado el año de 1687.

Poco antes, en 1638, la hermandad de las Tres Caídas se trasladó hasta la iglesia de Santiago, aunque ya hay constancia de que a principios de aquella década se habían celebrado cabildos en el interior del citado templo. Nuevas noticias encontramos el 26 de marzo de 1648, con la aprobación de unas nuevas Reglas conformadas por 15 capítulos, aunque extrañamente no se menciona dónde residía la hermandad. Llegados al 17 de marzo de 1668, ocurre una de los episodios más inesperados para esta corporación, que desde mediados del XVII llegó a titularse “Hermandad de las Sagradas Tres Humillaciones de Cristo Redentor y Madre de Dios del Arco”.

Por aquel entonces, el mayordomo de la hermandad solicitó a la autoridad eclesiástica el traslado de la iglesia de Santiago a la de San Isidoro, pero el cura de Santiago llegó a negarse a que una de las imágenes con mayor devoción de la feligresía saliera del templo. Decidió entonces, según narra Bermejo, “colocar una argolla en el cuerpo de la imagen, con una robusta cadena que atravesando el muro del templo iba a parar a una capilla inmediata, cerrada con buena llave”, y prosigue afirmando que “la hermandad, al fin desistiendo de su intento, mandó entonces construir la que hoy posee”.

Tales fueron las dificultades que comenzaron los enfrentamientos entre los religiosos y los hermanos de la corporación del Viernes Santo. Mientras que unos defendían que el Cristo era propiedad de la iglesia, los hermanos defendieron que no fue así, pues fue pagado por ellos cuando la hermandad radicaba en San Roque. Los hermanos continuaron argumentando que la imagen no se encontraba en un lugar propio de rendir culto a una imagen de Jesús, ya que estaba rodeado de basuras. Tal fue la problemática existente, que aquel año no realizaron estación de penitencia ante la negativa del párroco de montar los pasos en el interior del templo.

Por aquellos años la hermandad ya utilizaba el nombre de “Tres Caídas que dio Cristo” o “El Santo Cristo de las Tres Caídas”, e incluso aparece la primera mención a la dolorosa con el nombre de “Madre de Dios de Loreto”. Precisamente en aquellos legajos, con fecha del 4 de abril, se recoge cómo se resolvió el pleito por la imagen del Nazareno: el cura de Santiago, D. Pedro de Pereira y Quiñones, fiscal de la Reverencia Cámara Apostólica de su Santidad en Sevilla y vecino de la collación de Santiago pagó 1250 reales a cambio de quedarse con la imagen del Cristo de las Tres Caídas, con la condición de que esta no formara parte de ninguna hermandad de penitencia.

La corporación de las Tres Caídas no tuvo más remedio que acudir a un escultor para la realización de una nueva imagen, en este caso salido de la gubia de Alonso Martínez, discípulo de Montañés. Esta nueva talla de madera, de 1,15, aparecería portando la cruz en el hombro izquierdo, apoyando su mano derecha sobre un montículo rocoso. La pronta muerte del autor provocó además un pleito entre la viuda de este y la hermandad, ya radicada en San Isidoro, por el pago de la hechura del Señor.

Una nueva hermandad llegaba a San Isidoro, con la ilusión de un nuevo futuro, mientras que el anterior Cristo de las Tres Caídas quedaba en Santiago. Pasaron los años y la imagen fue perdiendo devoción, hasta que la corporación del Viernes Santo acaba rescatándola, conservándose actualmente en la casa hermandad de San Isidoro.