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El Cirineo, Opinión

Viviendo en una realidad paralela

Muchos de los que escriben opinión, sea en el ámbito que sea, aducen con cierta frecuencia sentir una especie de bloqueo cuando se sitúan delante de la pantalla en blanco del ordenador. Francamente pienso que esto les ocurre a aquellos que opinan de cualquier cosa que no sean cofradías. Y es que el universo cofrade es una auténtica mina llena de personajes exuberantes acerca de los cuales uno podría escribir libros y más libros sin necesidad de repetirse jamás en la vida. El espectro es tan amplio y las posibilidades tan abundantes que desde aquí me permito aconsejar a todo aquel que sienta ese bloqueo del que les hablo que vengan y conozcan a nuestras cofradías… les garantizo que el miedo a la pantalla en blanco desaparecerá para siempre.

Esta semana sin ir más lejos cuando me he sentado a pensar acerca del asunto a abordar en este pequeño rincón de libertad, múltiples han sido los temas que han saltado a la palestra. Como el asombroso caso de un hermano de la Hermandad del Amor que, vaya usted a saber por qué, y pese a la hermosísima advocación de su crucificado titular, estimó oportuno regalar a nuestro medio un par de llamativos y cariñosos insultos a través del proceloso océano de las redes sociales a modo de protesta y respuesta a un artículo que llamaba mutismo al mutismo. Ante la imposibilidad de contrarrestar esta realidad incuestionable con datos que negasen la evidencia, optó por tirar de las riquísimas posibilidades que permite el idioma español para poner encima de la mesa su descontento. Insultos desaparecidos a resultas de una advertencia judicial que además ha evitado profundizar en el pasado y el presente de cada cual, para satisfacción de quien les habla y de los lectores que probablemente se hubiesen aburrido muchísimo con este asunto.

O como los ridículos improperios que periódicamente nos ha venido dedicando ese tocacastañuelas que juega a las muñecas con las imágenes que aún dejan en sus manos, intentando toda su vida ser vestidor sin lograrlo y al que al final, después de muchos años de paciencia, hemos tenido que bloquear para que no siga molestando. El último de los inteligentes comentarios que nos ha regalado ha tenido por excusa por hacernos eco de una información de agencia. Pedir que se emprenden acciones legales contra un medio por contar exactamente lo mismo que cuentan decenas de medios demuestra que como decía aquel famoso filósofo del siglo XX llamado Forrest Gump “tonto es quien dice tonterías”. Y claro, llegado a este punto, no queda más remedio que bloquear y !a otra cosa, mariposa”.

También se me ha pasado por la cabeza hablar de un influyente personaje, cada día menos influyente, y desde luego mucho menos influyente de lo que piensa que es, que ha tenido la ocurrencia de culpar a un entrevistador de las declaraciones del entrevistado, permitiéndose el lujo añadido de querer influir en el titular de una entrevista en la que ni es juez ni parte. Comentaba con un amigo el otro día que esto sería lo mismo que si yo entrevistase a un conocido escultor, le preguntaste por la Macarena y me respondiese que es la Virgen más fea del mundo y el Hermano Mayor de la corporación sevillana me culpase a mí de las manifestaciones del escultor. Sería absurdo e imposible, entre otras cosas porque el hermano mayor de la Macarena es un caballero que además sabe distinguir perfectamente entre entrevistador y entrevistado y porque es un señor que es plenamente consciente de que por muy importante que sea el cargo que detenta no puede manejar los hilos de todo el mundo, no puede mandar en todas partes.

La cuestión es que después de sopesar hablarles de todas estas cosas y algún que otro asunto más que me dejó en el tintero, como el maravilloso caso del máximo responsable de una hermandad que lleva jugando a dos bandas desde hace semanas, hete aquí que me encontré con las declaraciones del flamante hermano mayor reelegido de la Hermandad del Císter, de la Sangre la llaman ahora, que tras recibir el apoyo casi unánime de los hermanos de la corporación del Martes Santo que se dieron cita en el cabildo de elecciones del pasado sábado manifestó, en declaraciones recogidas por los compañeros de ABC de Córdoba (cuya veracidad no pongo en duda en ningún momento), “sentirse muy satisfecho por el apoyo de los hermanos ya que hemos contado con una participación muy alta”. Ahí queda eso; reconozco que aún no me he recuperado de la sorpresa.

Para quien no recuerde los datos: el señor Carlos Mariano Olivares obtuvo 81 votos a favor, de un total de 84 emitidos. Esto es exactamente uno menos de los votos nulos registrados en las elecciones celebradas en la Hermandad del Valle de Sevilla el pasado martes. He de reconocer que desconozco cuántos hermanos tenían derecho a voto en las elecciones de la corporación cisterciense, pero por pocos que fuesen, calificar de participación muy alta a 84 sufragios demuestra que se tiene un problema con los porcentajes. Y eso que estos 84 hermanos, entre los cuales se encontrarían los miembros de la Junta de Gobierno saliente y entrante y sus familiares con derecho a voto, son unos detectives cojonudos, porque resulta de un mérito solo al alcance de los mejores investigadores de la historia, ser capaz de enterarse no ya del proyecto que pretende desarrollar el flamante hermano mayor reelegido para dirigir los destinos de la hermandad cordobesa los próximos cuatro años, sino si me apuran el mero hecho de conocer el nombre del candidato en liza, porque si en las elecciones del Amor ha existido poca información del proceso electoral, en las del Císter el caudal informativo producido por la hermandad ha sido sencillamente ridículo. 

Habrá que se dé por satisfecho con un par de frases apenas veinticuatro horas antes de la celebración del Cabildo, como habrá quien sienta un orgullo mayúsculo por el hecho de que 84 personas vayan a votar a unas elecciones y además califique esta brutal participación como “muy alta”. Yo, por contra, creo firmemente que considerar elevados semejantes números demuestra que hay quien vive en una realidad paralela. Será porque sigo esperando mucho más de nuestras hermandades, quizá más de lo que sus dirigentes merecen y, tal vez embriagado por mi propia ingenuidad, continúo deseando corporaciones abiertas, dinámicas, vivas y no endogámicas, hermandades que sean de sus hermanos y no de unas pocas familias, en ocasiones una sola, cuyos miembros se van pasando el cetro de mano en mano y de generación en generación por obra y gracia de un apellido y un proteccionismo que confunde el exterior con los propios hermanos de la cofradía.

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