El culmen de un trabajo invisible

Estos días de pasión están sirviendo para colmar nuestros sentidos de los más exquisitos sabores del arte en la Semana Santa. Todo tipo de exornos y atavíos llenan de luz y color los más insignes cortejos de la Semana de Pasión que encuentra su éxtasis en los momentos más entrañables de la salida procesional de una Hermandad. Motivos florales, musicales, piezas de orfebrería, oro pulido, sayas, bordados, túnicas y un sinfín de elementos se reparten a lo largo y ancho del espacio de tiempo que puede ocupar una semana.

Una semana en la que se refleja el arduo e incansable trabajo de un grupo de personas que dedican su jornada a preparar cortejos, pasos e insignias que lucirán en la calle en un día para la historia. Un trabajo invisible e infravalorado que confecciona los cimientos de una hermandad en la calle y que supone la privación de muchos de los placeres de las personas que lo ejecutan.

Y es que la complejidad y la dureza de este trabajo danza a sus anchas con la ingratitud que se les asocia a labores que suponen un esfuerzo importante y en muchas ocasiones irritante para los hermanos que lo ofrecen, algo que redunda directamente en el desarraigo que están sufriendo las áreas de priostía de multitud de hermandades a lo largo y ancho de nuestra comunidad. Un auténtico quebradero de cabeza para muchos de los integrantes de las juntas de gobierno de cara a reunir apenas diez personas para ejecutar labores de limpieza de plata, montaje de flores y mismamente para colocar la candelería.

Todo ello toma como consecuencia directa, el empleo de jornadas maratonianas de un trabajo invisible para las escasas personas que dedican ese tiempo al objeto de que esté todo a punto el día de la estación de penitencia para el lucimiento de la hermandad en la calle.