El Respiradero, 💙 Opinión

El Culto más íntimo

Hoy la tarde no tenía aires de prisa en los escritorios. Las lecciones no sentían cerca el reloj gastado de miradas preocupadas a que se echara encima la hora de prepararse para ir a los cultos. Los trajes guardaban silencio en los armarios. No había gomina que acariciara el pelo. Ni carreras por la sacristía para que no faltara ningún detalle antes de las ocho. Los acólitos ya no se pusieron las dalmáticas como si fuera una coraza romana que traslada los nervios y el orgullo a quien la lleva. Ciriales que no apuntan al cielo ni guían por la crujía. Bancas vacías sin familias. Vellos que no se quedan en punta cuando sienten el cordón de la medalla. La impresión del primer acorde del piano se quedó perdida en algún rincón de la memoria, quizás el más doloroso.

Esta tarde debería haber empezado los cultos de mi hermandad. Como la de tantas cofradías que se hubiesen celebrado en estos días de cuaresma. No hace ni una semana de su suspensión venida por la terrible pandemia mandada por un virus cuyo nombre nos gustaría olvidar. Esta cuaresma nos ha traído unas circunstancias inauditas que ni la recordamos de los libros antiguos de las cofradías. Quién habría pensado que nos tocara vivir semejantes días que quedarán marcados en nuestras vidas.

Dios siempre lleva la promesa y la esperanza de un futuro mejor. Nos hemos visto en esta tarde de dolor despojados del oro con el que se visten de majestad nuestras Imágenes. No había coros que alzaran las voces al cielo para llenar el templo de solemnidad. Ni bosques de cera que llenara el altar de luz. La tarde tampoco quedó grabada de predicaciones que conmovían los corazones.

En esta tarde de un raro mes de marzo sólo quedó la penumbra de una habitación casi a oscuras. Solo iluminada por un par de cirios que alumbraron la cara de la Virgen en una tarde donde todo era luz y felicidad. Bañada por una nube de incienso que le faltaba el movimiento pendular del incensario. Todo era silencio. Solo roto por la voz de un sacerdote que tras la pantalla del móvil predicaba un triduo en una iglesia vacía. Y en el centro de este cuadro unos ojos que solo apuntaban a dos estampas del Señor y la Virgen.

Nos ha tocada vivir la cuaresma más extraña de este siglo. De un momento a otro ha desaparecido todos los sonidos, colores, tactos y olores que nos hacían sentir tan afortunados. Tanto que creíamos que durante estos días vivíamos en el Cielo. Hoy nada es igual. Pero hemos descubierto que toda esa escenografía no es eterna, en cambio hay algo que siempre permanece, Dios. Hoy el amor a un Nazareno de un pueblo ha estado presente en muchas casas. Escritorios y salones que durante un rato han sido altares improvisados. La tarde ha recordado que como otra tarde de catacumbas y guerras, siempre habrá un lazo de sangre que supere todas las calamidades. Y a la vez el tiempo, el Señor y nuestro amor.

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