La mañana es un bullir constante en el corazón de la casa de la Hermandad de Córdoba. Niños jugando, correteando por los pasillos, llenando de inusitada alegría lo que hace tan solo unas horas era silencio y que ahora se ha convertido en saludos musitados y un rosario interminable de buenos días.
Los desayunos se suceden en pequeñas reuniones alrededor de un café, mientras se rememoran multitud de anécdotas que vienen de otros Rocíos, con la emoción a flor de piel y el eco de detalles vividos la pasada madrugada.
Atrás queda el quehacer de los floristas que han vuelto a adornar la carreta tras su llegada a la aldea prometida, la oración callada de la hora del Ángelus, el eco de las sevillanas que se escuchaban de lejos en plena madrugada y acaso la pérdida de la plegaria cantada que no se llego a escuchar en la noche del viernes.
Tras la ducha reconfortante, los rocieros se desperdigan por la aldea buscando miles de reclamos en función de lo que le dictan sus corazones pero siempre con la mirada puesta en lo que ha de acontecer, el momento en el que Córdoba se presente ante la Blanca Paloma para volver a suscribir la eterna vinculación entre la ciudad de San Rafael y la Reina de las Marismas. Ese será el momento de desgranar nuestras emociones, cuando se atraviesen las puertas del mismísimo Cielo.










