La firma invitada, 💙 Opinión

El enchufe de la discordia

Con las brasas aún candentes de la sentencia del Tribunal Supremo, la cual considera improcedente la supresión de la famosa celosía que tapaba la actual Puerta de las Cofradías, llega a nosotros un rumor preocupante que se relaciona íntimamente con el tema. Quizás su trascendencia sea menor, pero no cabe duda de que también generará revuelo intelectual. Me refiero al caso de un humilde enchufe.

En efecto, el aparatito se encuentra en una umbría esquina del monumento, que es mezquita o catedral según caprichos, y posee una historia nebulosa. Algunos dicen que es coetáneo de la celosía. Otros, de pensamiento sistemático, aseguran que se colocó en tiempos remotos, allá cuando se descubrió la corriente eléctrica. Aún hay quienes profundizan en el drama y ven en el aparatito signos mozárabes que apuntan a Abderramán. De hecho, presuponen que el buen califa mandó colocarlo tras ser descubierto por uno de sus leales siervos.

En el lado contrario, el negacionismo recalcitrante defiende que el enchufe es de manufactura moderna y que, incluso, fue comprado en unos grandes almacenes, quitándole así valor. Existen testimonios más duros a este respecto, pero los omitiré en atención a la época en que vivimos, no sea que el espíritu suprasensible que nos rodea llegue a rebelarse. Además, toda opinión que contradiga la hipótesis milenaria del enchufe no es digna de mención según los actuales cánones.

En definitiva, el problema surgió cuando un empleado del lugar propuso retirarlo. Las voces de la defensa moral clamaron y atacaron la iniciativa en cuanto se dio a conocer, pues consideraban el acto como una agresión a la integridad del edificio. Asegura un testigo que algunos animistas preocupados pidieron que el enchufe recibiera culto. Para ello, compraron dos velitas blancas en el comercio oriental más cercano y las encendieron con el mechero de uno de los guardas. Querían evitar a toda costa que se perdiera su ancestral existencia.

Como en todo, la maldad también tuvo su propio representante. Una joven allí presente se atrevió a manipular el objeto con el cargador del móvil y llegó a la fabulosa conclusión de que no daba corriente. Gracias a los elementos, los conservaduristas modernos censuraron su actitud y rápidamente notificaron ante las autoridades estatales el hecho para que tomaran medidas urgentes. Es posible que en breve se coloque sobre el aparato eléctrico una cajita de metacrilato, para que ni el polvo ni el aire osen posarse sobre él.

Así las cosas, queda pendiente el parecer de las altas esferas administrativas, que ya trabajan en una ley que proteja bajo sus paternales alas todo inmueble que consideren oportuno, incluyendo el caso de este pequeño enchufe. No obstante, algunas asociaciones en favor de los derechos eléctricos exigen que se acelere el proceso, pues temen que alguna cofradía solicite su eliminación. «¡Vaya a ser que no quepa el paso y quieran quitarlo!», dicen con ansiedad. Sin embargo, con el tema de la celosía ya resuelto parece que ese temor es infundado. Ya solo queda confirmar si el enchufe es anterior a los años ochenta, cuando la Mezquita-Catedral recibió el rango de Patrimonio de la Humanidad. De ser así, posiblemente hagan un recorrido turístico que incluya al famoso aparatito, con sus cartelitos informativos correspondientes, e incluso se constituya una fundación en su defensa a perpetuidad.

Sin entrar en valoraciones, espero con fervor que el caso se aclare pronto por el bien social. Por ahora me contento con ofrecer esta crónica literaria y ficticia —por si quedan dudas— que, con mejor o peor estilo, intenta presentar una crítica razonable sobre los absurdos de nuestro tiempo. Valga como ejemplo real lo acaecido con una celosía setentera que obstaculizaba el uso de un edificio con carácter funcional. Lástima que algunos no tuvieran el mismo criterio con el Puente Romano. ¡Cosas de la vida!

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