Preferencias y opiniones a un lado, no tendría ningún sentido poner en tela de juicio la popularidad y la devoción de la que constantemente y desde muchísimo tiempo atrás ha venido disfrutando la Virgen del Rocío y todo lo que a Ella la rodea.
Sin embargo, sí que han sido muchos los que, más de una vez, han cuestionado lo que ello mueve, forzándoles a hacerse numerosas preguntas en base tanto a las “curiosísimas” imágenes de alguna que otra “celebridad” en su particular camino como a otros detalles que, inevitablemente, han ido trascendiendo con el paso del tiempo.
De acuerdo a lo revelado por sucesos y experiencias pasadas, fueron surgiendo quienes afirmaban abiertamente que el Rocío no era, para una gran cantidad de personas, más que un injustificable pretexto, disfrazado de devoción, para sumarse al jolgorio que tan fácilmente asociamos al consumo de bebida, el griterío y la fiesta al fin y al cabo que, en algunos contextos, se escondía entre trajes de volantes, palmas y sevillanas.
Por ello, tampoco fueron pocos los que ante circunstancias más adversas, como las que tuvieron lugar el año pasado, no dudaron en hacerse oír para poner en valor la actitud y determinación de aquellos que verdaderamente acuden movidos por el más sincero fervor, obviando las inclemencias del tiempo y los factores que hicieron que el polvo se viese reemplazado por auténticos barrizales.
No obstante y aunque como algún medio destacaba “el salto de la reja ha sido tranquilo y ordenado”, no deja de resultar sorprendente la multitud que puntualmente invade la Ermita del Rocío. Con esa “organización” y todo, las imágenes emitidas siempre llevan al asombro más absoluto y a preguntarse hasta qué punto es seguro y razonable lo que allí se desata.
Aun sin incidencias reseñables, los vídeos de otros años ponen de manifiesto las luchas – que no se pueden llamar de otra forma – que allí se producen con tal de llegar hasta Ella, los empujones, los agresivos ademanes entre los fieles, los desmayos que nos dejaban ver cómo los cuerpos iban saliendo por encima de las cabezas de quienes abarrotaban la sede de la Blanca Paloma, amén de los niños – pequeñísimos – que iban también de mano en mano entre la confusión, el llanto y el miedo que produce lo que no se es capaz de entender hasta ser elevados junto a la Santísima Virgen.
Algunos no comprenderán ni compartirán el punto de vista expuesto. En cambio, otros no comprendemos que conductas como las descritas, más propias de personas poco civilizadas que de otra cosa – con las excepciones que, como en todo, siempre existen – sean calificadas de devoción cuando solo es una forma más de descontrol, pérdida de papeles y fanatismo en definitiva.
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