La restauración del Cristo de la Expiración y la Virgen del Silencio en 1985 (I)

En el año de 1993, todas las miradas de la Córdoba Cofrade – y en especial las de los miembros de la Hermandad de la Expiración – estaban puestas en la Coronación Canónica de Nuestra Señora del Rosario que, recogiendo mediante su advocación la antiquísima devoción del pueblo cordobés hacia la gloriosa Virgen del Rosario conservada en la Iglesia de San Pablo, se disponía a ser coronada tras los oportunos pasos previos y las celebraciones que hicieron de antesala para un evento histórico de estas características.

Sin embargo, por aquel entonces la corporación del Viernes Santo celebraba también el 75 Aniversario de su constitución canónica que, sumado a la anteriormente expuesta Coronación, se traducía en una incuestionable recompensa por el trabajo bien hecho a lo largo de sus años de vida.

Esto hacía que la atención hubiese de dividirse en dos focos distintos: el de las naves y columnas de la Catedral, que ponían el envidiable escenario para la Coronación Canónica de la Virgen del Rosario y el de la bella e íntima capilla neomudéjar que seguía albergando las imágenes del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Silencio, las cuales serían asimismo llevadas a la Catedral cordobesa, para ser partícipes y testigos de aquel memorable acontecimiento.

Allí estarían, además, Luis Álvarez Duarte y Juana Reina, entre una ingente cantidad de personas procedentes de Málaga así como pregoneros de la capital hispalense y andaluces en general que no estaban dispuestos a perder detalle de los hechos que allí tuviesen lugar, volviendo de cuando en cuando la vista hacia el Santísimo Cristo de la Expiración, imaginando ante Él a la persona que, en su día, lo labrase para dar lugar a una de las joyas de la escuela granadina.

Por aquellos tiempos, hacía apenas unos años que tanto el agonizante crucificado como su discreta Madre habían sido sometidos a un proceso de restauración que recibió magníficas críticas, no sin motivo. Una noche de 1985 la Junta de Gobierno de la cofradía convocaba a Fuensanta García de la Torre, directora del Museo de Bellas Artes y a Alberto Villar para contar con su opinión acerca de la posibilidad de realizar la necesaria restauración para los mencionados titulares. La iniciativa parecía exigir, por supuesto, la presencia de un restaurador y ante ese requerimiento, la Hermandad de la Expiración se puso en contacto con José Rodríguez Rivero-Carrera, restaurador del Museo de Bellas Artes de Sevilla, a quien precedía su fama y experiencia en el trabajo con antiguas tallas policromadas.

Al parecer, la década de los 80 se convirtió en un período marcado por el gran número de restauraciones acometidas, lo que, curiosamente, hizo que existiese, en cierto modo, una cierta competitividad entre las hermandades cordobesas a la hora de establecer comparaciones entre los resultados obtenidos en cada caso. Además, a menudo las cofradías estaban dispuestas a asumir el riesgo de entregar sus titulares a un restaurador no titulado para así tener el control que suponía que estos no tuviesen que salir de la ciudad.

También en el caso de la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Expiración hubo quien manifestó su temor y su reticencia a que las tallas del Santísimo Cristo y la Virgen del Silencio fuesen trasladadas a Sevilla, pues insistía en hacer ver a los demás integrantes el peligro que residía en el transporte de ambos, durante el cual las tallas podrían, tal vez, verse irremediablemente dañadas. Finalmente y como cabe imaginar, dicho miembro no tuvo más opción que aceptar la voluntad y decisión de los restantes componentes, dejando a un lado sus dudas y temores.

El Santísimo Cristo de la Expiración, por su parte, parecía presentarse como todo un reto para José Rodríguez, pues el crucificado de San Pablo había sido objeto de “múltiples y desdichados retoques” – en palabras del propio Alberto Villar – a lo largo del siglo XX, durante el que habían dejado su huella Victoriano Chicote en el año 1924, Miguel del Moral en 1953, el siempre eterno Juan Martínez Cerillo en 1959 y Rafael Díaz Peno en 1965.

El informe previo del restaurador se emitió en la fecha del 17 de mayo de 1985, destacando ya desde un primer momento el estudio sobre la llamativa anatomía del torso del titular cristífero que, decía, se hallaba oculta bajo las capas de cuantiosas policromías y emplastes, asegurando que, tras el debido tratamiento, el Santísimo Cristo de la Expiración recuperaría su calidad y aspecto original, propósito que se convirtió en el objetivo primordial del proceso.

Sin más demora, llegaba la notificación del traslado y restauración de las imágenes y, a continuación, la redacción del contrato entre el hermano mayor de la Expiración, José Flores Revuelto, y José Rodríguez. El documento quedaba así fechado en Sevilla el 13 de julio de 1985 y, mediante él, se ponía en manos del restaurador “la restauración, ensamblaje, investigación, consolidación y encarnadura de sus Titulares”.

Tal y como se había pronosticado, la talla del Señor presentaba, al margen de las grietas superficiales – como consecuencia de los clásicos cambios de temperatura – un serio deterioro de su estructura y dos graves fisuras en su espalda en sentido vertical, las cuales habían sido tapadas con otros materiales inapropiados para dicho fin. Tampoco era lo idóneo el sistema de enganche entre la imagen y la cruz, establecido con un solo punto en la espalda, concretamente en las zonas fisuradas. Esto, a su vez, repercutía en la tensión de los brazos – sobre todo el derecho – que ya habían comenzado a separarse del torso.

La policromía, como anticipábamos, había sido modificada en demasiadas ocasiones y la postura a la que estaban forzados los brazos, los cuales estaban soportando una rigidez desmedida, eran también demasiado esquemáticos en relación con el resto del cuerpo. No obstante y por fortuna, ese problema parecía poder ser resuelto si los dos brazos se elevaban tan solo unos cinco centímetros, otorgando al Santo Cristo un aspecto mucho más natural y realista.

Los retoques hacían igualmente inevitable una sustitución de la corona de yeso, cola y alambres por otra nueva con un armazón de acero inoxidable, cubierto de resina epoxi. A ello había que añadir el establecimiento de dos puntos de fijación a la cruz en lugar del único anterior, el nuevo en el sudario, debiendo estofarlo de nuevo y policromándolo más tarde en un blanco con la misma tonalidad.

Ante un trabajo de esas magnitudes, la Hermandad de la Expiración prohibió terminantemente las visitas tanto de miembros como de fieles al taller de José Rodríguez, con la exclusiva excepción de la Junta de Gobierno amén de otras personas “expresamente autorizadas”. Las prohibiciones incluían además la toma de fotografías de la talla mientras la imagen del Cristo estuviese siendo rehabilitada, aceptándose solamente los casos aquellos que hubiesen sido autorizados por escrito. Con estas condiciones, el artista se responsabilizaba de la talla, debiendo notificar cualquier percance a la corporación cordobesa y comprometiéndose a redactar un informe una vez finalizada la restauración.

Especialmente interesantes resultaban ser también las cláusulas décima y undécima, enfocadas esencialmente a la perspectiva artística del artífice. A través de estas, el Cabildo General de la Hermandad accedía a que Rodríguez contase con “la facultad, según su buen criterio y juicio, de modificar la inclinación de los brazos del Stmo. Cristo de la Expiración, así como el modelado de manos y partes que estime oportunas”. Del mismo modo, el restaurador daba su palabra de que “todos los trabajos serán realizados conservando la imagen del Stmo. Cristo de la Expiración y María Santísima del Silencio, su entonación y características de la época”.

Con esto y poco más, el 14 de septiembre de 1985 en Sevilla, la Junta de Gobierno de la Expiración dejaba en manos del restaurador a sus venerados titulares, formalizando la entrega con un documento firmado por el Hermano Mayor y otros 24 hermanos más, todos ellos ansiosos por ver al crucificado que eternamente clava su mirada en el cielo y a su Bendita Madre de nuevo en la bella capilla que tan vacía se había quedado tras su sentida marcha hacia la ciudad vecina.