Noche de Lunes Santo. La ciudad está cansada y sus calles despellejadas de cera y pisadas. Suenan tambores a lo lejos y se vislumbran las sombras de altos capirotes proyectados sobre paredes encaladas, formando el dibujo vivo del subir y bajar parsimonioso de las olas. El azahar ha calado y desatado los sentidos. Son las últimas horas de un día mágico, como otro más de la infancia. Irreparables días que terminaban con la caricia de una Madre, tan agradable y cálida como la luz de una candelería encendida.
Los versos de Javier Salvago se hacen vida. Jóvenes incansables, / como entonces nosotros, / recorren la ciudad / borrachos de deseo. Ellos no entienden de lógica a pesar de gastar sus vidas en facultades. Se dejan llevar por la noche con el afán de no sobrevivir a las últimas horas. Respiran la flor de sus años y se dejan guiar por el encanto de tambores que ya suenan cerca.
La Virgen Niña del Museo se asoma por la esquina de Castelar. Suena ‘Saeta Jerezana’ y el Arenal despliega sus encantos. En la delantera, sintiendo el armonioso movimiento de los varales, se amontonan un puñado de jóvenes. Todos se conocen, se han visto en noches de sábado de miradas avivadas que salen al encuentro de chocarse con la impresión de un momento que todavía resulta inalcanzable.
El paso se detiene ante el dintel de la capilla de la Plaza del Molviedro como si una Diosa acabara de aterrizar. Pero uno de esos jóvenes rompe el silencio. “Si suena ‘Soleá dame la mano’ me tienes que dar tu mano”, le dice a una chavala de veintipocos. Al escuchar esas palabras no presté la mínima atención y seguí mirando a los pasos de la hermandad de Jesús Despojado que se mostraban a pocos metros.
Un instante después, Valenzuela vuelve a empuñar el martillo para que la diadema de la Semana Santa siga rasgando el cielo. Arriba el paso la Banda de la Oliva de Salteras redobla el tambor y corta para interpretar la marcha de Font de Anta. Aquellas palabras que ya casi había olvidado volvieron en un fuerte impacto. Automáticamente miré hacia atrás y vi como esos dos jóvenes estaban cogidos de la mano, despreocupados del exterior, inmersos en el profundo mar de romanticismo de la vuelta de la Virgen de las Aguas.
El palio se adentra en Doña Guiomar y los ojos de la Virgen más humana hace de faro para los jóvenes sevillanos que buscan la tierra de un amor idealizado acorde con su ciudad. Aquellos jóvenes seguirán atrapados en el sueño de sus manos entrelazadas durante toda la madrugada.
Puede que la Virgen de las Aguas hubiera separado sus manos para ceder el hechizo de las manos entrelazadas la noche del Lunes Santo. Doña Guiomar era la mujer del medievo que llevó el agua de los Caños de Carmona a la Cárcel. Ella se quedó en el Arenal. Y parece que cada Lunes con la ayuda de la Virgen de las Aguas sacia a estos jóvenes incansables, presos de un amor de juventud.
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