Una salida inscrita en la celebración del Año Jubilar dedicado a San Pelagio en el 1.100 años de su martirio
La Penitenciaria Apostólica ha concedido a la diócesis de Córdoba un Año Jubilar dedicado a San Pelagio en el 1.100 años de su martirio, en el que se podrá alcanzar la indulgencia plenaria del 26 de junio del presente año al 26 de junio de 2025. San Pelagio fue un niño mártir nacido en Galicia en el año 912, sobrino del obispo de Tuy-Vigo, que comenzó desde muy niño a formarse a la sombra de aquella catedral gallega y murió martirizado en Córdoba por no renunciar a su fe cristiana. A esta Diócesis viajó para ofrecerse como prenda a favor de su tío, apresado por el emir en Córdoba, y en esta ciudad fue descuartizado y arrojado al río.
Con tal motivo el pasado mes de junio la diócesis de Córdoba presentó el programa del Año Jubilar que, según ha podido conocer Gente de Paz, incluirá una procesión extraordinaria muy especial, la del Niño Jesús de la Compañía, que, si las conversaciones que se están llevando a cabo llegan a buen puerto, como todo parece indicar, procesionará hasta la Santa Iglesia Catedral el próximo 18 de enero, en una jornada que pretende rendir memoria a este infante que se convirtió en mártir por defender sus creencias.
El seminario Conciliar San Pelagio de Córdoba relata en base a las fuentes escritas de Ibn Hazam (994-1063), autor de El collar de la paloma, y el presbítero Raguel, el momento en que Abderramán se dirigió al joven: «Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico… Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país».
San Pelayo respondió: -«Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin…»
Ante la respuesta, Abderramán III trató de empezar un acercamiento al joven, ante lo cual este reaccionó diciéndole: -«Retírate, perro. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado? Y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con los vicios».
Tras reiterar en varias ocasiones, el califa se dio por vencido y ordenó su muerte: «Colgadlo en garruchas de hierro y, una vez constreñido hasta el máximo elevándolo hacia lo alto, bajadlo reiteradamente el tiempo necesario para que exhale su espíritu, o niegue que Cristo es Dios».





