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Córdoba, Opinión, Racheando

El pastor de un rebaño no puede ser el lobo

Hace años que nuestro país perdió el espíritu de la Transición, que se olvidaron de aquellas manifestaciones por la democracia que acababan con cargas policiales, que el paso del tiempo ha acabado velando los negativos que contenían las fotografías de militares de ambos bandos dándose un apretón de manos e incluso abrazos.

Ya de nada sirve aquel ejercicio de conciliación familiar, cuando hasta los que deberían mantener un rebaño, lo usan como estandarte y muestra de poder en la calle convirtiéndose en lobos más que en pastores. Tras haber leído la acertada reflexión que Guillermo Rodríguez publicaba en nuestro medio hablando sobre la Magna que la ciudad de Córdoba – una vez más – vivirá el próximo año.

Lamento tener que discrepar con la jerarquía eclesiástica cuando en unos lados son tantas, y en otros tan pocos, que eso daría para otro artículo, pero si que estoy convencido de que los prelados de la Iglesia Española están empleando sus púlpitos para sus tejemanejes políticos más que pastorales. Que más que querer pescar hombres y salvar almas quieren mantener a la izquierda controlada a golpe de muestra pública de fe, sin ser ellos los que se “partan la cara”.

Evidentemente no todos son iguales, pero cada vez que el gobierno central cambia de siglas hacia la vertiente política a la zurda de la bancada parlamentaria, la Iglesia pierde el mensaje de la necesidad social para enviar mensajes que más recuerdan a otras épocas del siglo XX. La Iglesia del siglo XXI ha de estar del lado social, del pueblo, de poner la otra mejilla sin perder la mano capaz de ser el peso que mueva la fe y garantizar que ésta siga siendo respetada y no esa iglesia guerracivilista, alejada del pueblo y que usa a su rebaño como ariete en la calle, que da de lado a las Hermandades que sustentan sus parroquias gracias a sus hermanos, a sus obras sociales y a sus cultos internos.

Tal y como titulaba Guillermo, por suerte, ni estamos en tiempo de Cruzadas, ni en los años 30 del siglo XX. Los ataques hacia nuestra Iglesia han de ser contrarrestados con los mecanismos que ofrece el Estado de Derecho. La sociedad ha cambiado, aunque a algunos – políticos incluidos – se les haya olvidado gracias a los ejercicios de desmemoria histórica que se llevan practicando los últimos años.

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