La mañana de aquel domingo de Nisán había amanecido radiante, de un zarco brillante inmaculado, limpio y esplendoroso; las fragancias de la primavera recién estrenada se incrustaban por los poros de la piel. Los primeros brotes comenzaban a verdear con descaro, mientras que la inicial floración abrileña se enseñoreaba con frescura juvenil. Al alba, titubeantes, los primeros rayos del sol provocaban que Jerusalén, vista desde Betfagé, en la distancia, reverberara como una fortaleza áurea. Jesús había mandado a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará». Mientras tanto, el resto de los apóstoles había comenzado a desmontar el somero campamento donde habían pernoctado, para disponerse a iniciar la marcha que les llevaría hasta el centro de su mundo, el eje central de su universo, la ciudad santa de los judíos, la ciudad de la paz, que ese es el significado, ciertamente irónico, de la palabra hebrea “Yerushalayim”.

Los últimos días la intranquilidad se había apoderado del grupo. Los recientes anuncios del Maestro sólo habían conseguido acrecentar el desasosiego entre los apóstoles, que no conseguía entender aquellas palabras que hablaban de persecución, sufrimiento y muerte. Iscariote se debatía entre la duda existencial y la certidumbre más dogmática, por lo que lo mismo se mostraba retraído, timorato y meditabundo para, a continuación, manifestarse eufórico, dicharachero y radical. Sin embargo, su característica mirada oblicua y sesgada, se había vuelto oscura, distante y hasta amenazante; en su alma se había abierto una fosa de estupor, indignación y rencor, pues una idea siniestra había anidado en lo más profundo de sus entrañas, como sujeta por las garras de un águila pues, cada vez estaba más convencido de que aquel no era el camino que debían seguir para el establecimiento del reino. Todo eso del amor al prójimo, de ser como niños, de que los pobres debían ser los primeros y que el mal se combatía con el bien, era muy bonito, pero así no se acababa ni con la opresión de la bota romana, ni con la demagogia y la falsedad de sacerdotes, escribas y fariseos. Era preciso tomar medidas drásticas, revolucionarias y el Maestro no parecía encajar en el perfil. Esta única certeza le oprimía el cuello hasta, casi, dejarlo sin respiración. La gota que colmaba el vaso de sus incertidumbres era la tranquilidad que mostraba el Maestro. Si había entendido bien sus palabras, se dirigían hacia Jerusalén donde iba a ser detenido, sometido a tortura y vejaciones y, quién sabe, acabar ejecutado. Aquello sobrepasaba toda su capacidad de entendimiento y de raciocinio. ¿El Maestro estaba loco? ¿Era un suicida? De un solo golpe su mundo se venía abajo y tenía que encontrar una salida, una respuesta a aquel sinvivir, que lo traía por la calle de la amargura. En su desconcierto había contactado con gente cercana al Sanedrín, a la que le habría ofrecido la posibilidad de entregar al Galileo, aunque aquello no había pasado de una simple conversación cuasi tabernaria, pero aquella mañana, de forma discreta, el Sumo Sacerdote Anás, aunque depuesto por los romanos, le hizo llegar un mensaje proponiendo celebrar una entrevista, aquel mismo día, para determinar el modo, cuándo y dónde se produciría la entrega de su enemigo número uno. Tras la sorpresa inicial, pronto se rehízo y aceptó encontrarse con los sumos sacerdotes, pero el encuentro debía de ser discreto, ni a él ni a los sanedritas les interesaba que un posible acuerdo saliera a la luz pública. A estos, porque evidenciaría su manifiesta incapacidad para capturar al Nazareno. A Judas, porque, a pesar de todo, en su fuero interno seguía amando a Jesús y no quería aparecer como un traidor, por lo que su cita con la historia debía de ser clandestina. Demudado, su rostro y toda su piel llevaban grabado el color del miedo. A cierta distancia del mensajero, Iscariote se dispuso a seguirlo sin mediar palabra alguna. Entraron a la ciudad por la llamada “Puerta de las Aguas”, próxima al hipódromo y a corta distancia del palacio del Sumo Sacerdote Caifás, que era quien ostentaba esta dignidad, siempre protegido por su suegro, Anás.

Siguiendo las instrucciones de su acompañante, Judas entró en una pequeña sala, muy oscura, tenebrosa, lóbrega, como enlutada, apenas iluminada por una antorcha y una pequeña claraboya horadada en el techo, bajo la que se disponían sendos escabeles, el principal, adornado con abundante pedrería, donde destacaba la estrella de David, en bajorrelieve, situada en el centro de su respaldo. La corta espera se hizo tensa, densa y sofocante pues, la angustia atenazaba al aspirante a héroe como el dogal que, horas más tarde, le arrebataría la poca dignidad que le quedaba y, a la postre, la vida. Al cabo, entraron en la estancia, primero Anás y, a continuación, Caifás acompañados por algunos sirvientes. Anás, solemne, mantenía una mirada fría y horadante bajo la espesura de sus pobladas cejas de algodón. Caifás, tratando de marcar distancias, se había revestido del delantal, del pectoral, de su toga y de la placa frontal que mostraban su dignidad de Cohén Gadol o Sumo Sacerdote. Además, su rostro traslucía la soberbia de saberse ganador del envite, pues una leve mueca, a la altura de la comisura de sus labios, dejaba entrever la satisfacción que le producía aquel encuentro. Pocas palabras fueron necesarias para llegar al acuerdo. Realmente, más que pacto, el resultado de la reunión venía impuesto por la situación de desventaja en que se encontraba Judas, quien tan sólo fue capaz de articular un tartamudeante, “así se hará”, a la vez que, con el brazo extendido, se disponía a recoger, al vuelo, la bolsa con las treinta monedas acordadas. Tras una prolongada reverencia, sin dar la espalda a los dos líderes religiosos, Judas acertó a salir a la calle donde recibió un baño de realidad pues, una muchedumbre portadora de palmas y ramas de olivo, saludaban y vitoreaban al Maestro que, montado en un borriquillo, acababa de entrar en la ciudad por la misma puerta que él había traspasado unas horas antes. Sus miradas se cruzaron. No hubo nada que decir. Todo se había consumado. ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!





