El recuadro de César | La otra Semana Santa

Cuando nuestras ciudades lucen en su máximo esplendor, todo está puesto en su sitio, desde el palco del Consejo hasta la última cruz de penitente, apoyada sobre la pared del templo. Desde el quiosco de algodón dulce hasta el tío de los globos, que donde se coloque, incordia.

Cuando las calles olvidadas por los consistorios durante todo el año son baldeadas debido al paso de alguna cofradía. Cuando al niño le llega la hora de meter el pie en aquel castellano que no se pone desde la Semana Santa pasada y que lucha con el calzado hasta introducir el pie porque si no, no hay cofradías.

Cuando las bolas de papel albal están dispuestas en las encimeras para bañarlas de cera. Mientras todo ello ocurre, hay otra Semana Santa. Mucho más profunda. Mucho más dolorosa.

Es aquella Semana Santa del que se encuentra fuera de su lugar de origen y por diversas causas no puede acudir a la llamada de los sentimientos, o aquél que, postrado en una cama de hospital, sueña con su cofradía mientras el agua de sus ojos hace un itinerario con estación de penitente hacia el alma. También la de aquél que conoce a otra Soledad, más allá de la de San Lorenzo, San Buenaventura, Servitas…

Por ello, cuando estés delante de una imagen de Cristo o de su Madre no te olvides hacer una oración por ellos. Aunque presumas de ateo.