Soy rancio. Lo reconozco. Soy cofrade de barrio y rancio al mismo tiempo. Rancio no solo como cofrade. Me gustan las cosas hechas bien y como siempre fueron. Por todo ello, añoro la frescura que tenía la Semana Santa de los ochenta y noventa, que por mi edad, es mi siempre.
Después de lo expuesto en las líneas anteriores, observo, pasmado, tras la aguada Semana Santa vivida, como desde medios de comunicación, en las rrss, en conversaciones con otros cofrades, parecen ser nueva ciertas actitudes y vociferan que esas actitudes y hechos van a acabar con nuestra Semana Mayor, como si todo esto fuese nuevo.
Recuerdo aquellas Semana Santas con la Virgen de los Desamparados con Campanilleros y el palio haciendo cambios en la Alfalfa, recuerdo aquellas voces, bastantes más abundantes que hoy en día, hacia la Macarena o la Esperanza de Triana, recuerdo los ole a los cambios del Misterio de San Gonzalo, el imborrable momento de la Caridad baratillera en el Postigo, las petalás interminables a los palios… y es que nada es nuevo bajo el sol.
Añoro esa frescura que tenía nuestra Semana Santa, que desde los extremos rancios están pretendiendo terminar con ella.
La cuenta de segundos y de nazarenos, el empeño de que todos los pasos anden del mismo modo, aquel que espera ansioso pillar a un nazareno haciendo algo indebido para colgar la foto en las redes para que se ceben…
Señores, el mal que sufre la Semana Santa de hoy en día, que es el mal de todo, es la deriva de la sociedad. No hay más.





