La Hermandad de la calle Pureza rememora un pasaje insólito de su historia, cargado de simbolismo y trascendencia emocional
Fue en la mañana del Viernes Santo de 1962, cuando el alba aún teñía de cera y silencio las calles de Sevilla, y la Esperanza de Triana, tras casi un siglo de amparo en el Convento dominico de San Jacinto, regresaba a las entrañas de su barrio, cruzando nuevamente la calle Pureza, esa arteria vital que late al compás de una devoción centenaria. Un llamativo pedacito de su centenaria historia que la corporación trianera ha querido rememorar a través de sus redes sociales.
Su transitar por la calle Alemanes, buscando el entonces denominado eje de la avenida de José Antonio, ofrecía una escena que la historia no ha querido olvidar: el palio avanzaba con solemnidad mientras tras él se dibujaba una estampa de rara belleza, cargada de simbolismo, cuya singularidad se ha conservado en la memoria cofrade como un capítulo tan excepcional como revelador.
Aquel año, y únicamente aquel año, la acompañó la formación conocida como la “Banda de Música de Franco”, agrupación marcial cuya estética y sonoridad resultaban profundamente ajenas al universo sonoro que habitualmente arropa a la Virgen de la Esperanza. Uniformes severos, boinas militares y un repertorio de marcado carácter castrense ofrecieron al cortejo una impronta insólita, en agudo contraste con la dulzura del rostro de la dolorosa y el mecerse armonioso de su palio, que parecía buscar refugio en la emoción callada del pueblo.
No menos singular fue el manto que entonces cubría las andas: el afamado “manto de los dragones”, concebido en 1948 por José Recio del Rivero y ejecutado por las manos maestras de Esperanza Elena Caro, referente absoluto del arte del bordado en oro fino. Sobre terciopelo verde, la riqueza iconográfica y ornamental de esta obra —custodiada por figuras mitológicas de poderoso simbolismo— elevaba el paso a categoría de joya procesional, encarnación plástica de la realeza espiritual que encierra el título de “Esperanza”.
Aquel Viernes Santo no fue uno más. Fue el día en que lo extraordinario se hizo rito, y lo marcial se tornó vehículo, si bien insólito, de la fe popular. La Hermandad de la Esperanza de Triana, al recuperar recientemente esta escena en sus canales de comunicación, no solo rememora un episodio curioso de su devenir histórico, sino que reivindica la fuerza simbólica de la memoria, donde incluso lo disonante halla acomodo en el relato de una devoción que es, ante todo, amor incondicional.
1962 quedó así inscrito en la crónica sentimental de Triana como el año en que la Esperanza fue envuelta, no por los sones acostumbrados, sino por la solemnidad de lo marcial, sin perder por ello un ápice de su ternura invencible ni de su realeza intangible.





