Es de noche. El miedo apodera las calles de Sevilla. Nadie se atreve salir a la calle y las familias intentan conciliar el sueño frente a la incertidumbre del mañana. En unas horas habrá huelga de tranviarios. El pan está a 80 céntimos el kilo. La cerveza, la manzanilla y el café han subido en los bares. Hay alojados en las fincas de campo. Allí los inquilinos no quieren pagar la casa ni pagar el alquiler del contador de electricidad.
En el número 4 de la calle Conde de Barajas una mujer piensa y a la vez llora. “¡Dios mío cuándo pararás tantas huelgas, robos y atentados!”. Una lágrima cae sobre el terciopelo. Reza pensando mientras ve una estampa. La Virgen del Rocío / No es obra humana / Que bajó de los cielos / Una mañana. / Eso sería, / Para ser Reina y Madre / De Andalucía.
Ahora, sus labradas manos doblan un papel. Lo aprieta contra su pecho y lo besa. Tras guardarlo y rozarlo durante unos segundos con la palma de la mano, da las últimas puntadas después de un duro día de trabajo. Es consciente que como tantas mujeres sevillanas tiene que trabajar mucho para poder vivir en tan arduo año.
Vuelve a mirar la estampa de la cara de una Virgen. Vuelve a caer una gota sobre su mejilla. Y vuelve a pensar más que con la cabeza, con el corazón revestido de lamento. “La Blanca Paloma, volverá algún día sobre España, para iluminar con los destellos de la verdad y el amor a esta sociedad necia, que se olvidó de Dios”.
La madrugada alcanza una hora alta. Hay un silencio extraño en la calle. Y en el número 4 de la calle Conde de Barajas bajo una tenue luz, Esperanza se deja caer en una silla mientras susurra: “Quiera Dios proteger a Sevilla y que la Virgen del Rocío llene de venturas a esta desdichada Ciudad, en el corazón de cuyos hijos ocupa Ella lugar tan especial”. Vuelve a mirar la estampa y cae dormida camino de un sueño.
Estas son las conmovedoras palabras que la célebre bordadora Esperanza Elena Caro dejó en las entrañas del Simpecado del Rocío de Triana. Envuelta de pensamientos en la madrugada del 17 de mayo de 1936 las guardó en forma de carta tras el pecho de la imagen de la Virgen del Rocío. Después de la restauración a la que ha sido sometido esta pieza durante los últimos meses, se han encontrado el papel que dejó guardado Esperanza Elena Caro aquella madrugada de dolor e incertidumbre.
En ella definió con la misma maestría de sus puntadas como se fraguó la creación del nuevo Simpecado de la Hermandad trianera. Y dejó guardado en el papel la atormentada situación que atravesaba España. “Presidía la República española Azaña y el Gobierno, Casares Quiroga (estos dos últimos, bichos de maldad que Dios confunda)”.
Cuando apretó este papel contra su pecho se acordó con pesadumbre de las siguientes palabras que dejó grabadas para siempre bajo la Virgen del Rocío de Triana: “¡Afortunado, que en días lejanos encuentres este papel! Recuerdos de todos y si ya somos muertos, rezas una oración por nuestras alma”.
Doña Esperanza. Esta semana el papel que tú escribiste en aquella madrugada turbulenta ha sido desdoblado. Todavía conserva la humedad salada de una lágrima. Como te lo figuraste, todos habéis muerto. Pero muchos, hoy, han rezado por vuestras almas. Por desgracia, generaciones venideras no han sabido apreciar la anarquía de aquellos días que tanto a ti te dolían. Dios siempre protegió Sevilla hasta en “las negruras de las revoluciones y los odios y las venganzas sectarias de sus enemigos”.
El cielo de cobalto que vislumbrabas aquella tarde de mayo, cobijará aquel Simpecado sobre el que lloraste. Será muy pronto cuándo volverá a ser “llevado en Romería sentida y hermosa a su Santuario de la Aldea de su nombre en la Provincia de Huelva. A Mayor Gloria de Dios. Para imperecedero recuerdo y para mayor alabanza de la Reina y Madre del Rocío”.





