Sevilla, ⭐ Portada

El Sentir Cofrade en la Provincia de Sevilla

EL NAZARENO DE MARCHENA, TOISÓN DE TRADICIONES Y DEVOCIONES

Hay una Semana Santa mágica que pasa desapercibida injustamente. Hecha para paladares exquisitos provistos de madurez y conocimiento para poder saborearlas. Cofradías centenarias que guardan como un tesoro el legado de sus antepasados. Esa Semana Santa está en los pueblos donde el fervor popular clama al Cielo para reencontrarse con un Dios que viaja cada noche sobre los sueños de sus paisanos.
La iglesia está a oscuras. Sólo unas velas alumbran a los titulares de la cofradía de los Nazarenos de Marchena que están a punto de empezar su estación de penitencia. Son las seis de la mañana y el Señor cruza el dintel de la puerta para encontrarse ante su pueblo en una coqueta plaza abarrotada. A su paso, los suspiros se encadenan en rezos y saetas. Todo el pueblo va andando junto al Señor cual camino de la Amargura. Bufandas y abrigos largos en las madrugadas de frío.
Las túnicas todavía están en las casas. La Hermandad de Jesús Nazareno comienza su estación de penitencia con un rito íntimo y personal. Después de salir de su iglesia de San Miguel, calle abajo, tiene lugar ‘el prendimiento’. “Yo Judas, discípulo de Jesús llamado El Nazareno con un beso entrego al maestro para que sea prendido y escoltado por las tropas romanas bajo la jurisdicción de Poncio Pilato, sea conducido ante la presencia de Anás para ser juzgado por difamador y blasfemo”.
Asoma el alba por Marchena y sigue la procesión con la Imagen de San Juan. En un pequeño paso que recuerda a andas de antaño, los adolescentes del pueblo dan sus primeras chicotás con el discípulo amado. Son jóvenes los que presiden el paso que siguen el andar humano del Nazareno.
La Virgen de las Lágrimas se muestra en la calle como la última flor de azahar de la primavera. Su rostro es una caricia lenta. Dolorosa que recuerda a otro tiempo, enjoyada, pañuelo largo, bordados de plata. Casi imposible. Literaria.
Es el pueblo el que acompaña a las Imágenes por las calles más señeras de Marchena. Todavía falta para que se convierta en cofradía. Así bordea las murallas que separaban la Villa. Piedra y paredes encaladas flanquean al Nazareno que lleva alguna túnica bordada del siglo XIX por Ariza o Esparragosa. La saeta no cesa en el recorrido. Los pasos andan largo y elegante. El pueblo sabe que es parte de una tradición divina que Dios ha querido que siga perdurando en Marchena.
Llega a la Plaza Ducal, plaza castiza cerrada y con arcos. Allí empieza el Mandato, un auto pasionista, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Aparece el paso de Jesús Nazareno escoltado por su centuria romana hasta dejarlo en mitad de la plaza. Un centurión lee la sentencia de muerte mientras aparece San Juan que avisa a la Virgen de las Lágrimas. Ambos pasos empiezan andar juntos hasta encontrarse con Jesús en la calle de la Amargura. Después un niño lee el Pregón del Ángel, “Dios condena a su Hijo a muerte para redimir la Humanidad”. Una mujer vestida de Verónica se sube al paso del Nazareno para limpiar su rostro. El auto termina con la bendición del Señor de Marchena a su pueblo ya que se trata de una imagen autómata.
El mandato es una tradición que perdura en el tiempo. Propia de las hermandades Nazarenas que lo celebran en la mañana del Viernes Santo aunque muy pocas han podido conservarlo. Ahora comienza un Viernes Santo distinto. Aparecen en la Plaza Ducal los tramos de nazarenos, bandas y la centuria romana a caballo. El pueblo se echa a un lado para contemplar la cofradía del Nazareno. Es el día más grande de Marchena. Sus calles son un río de devoción que no sólo el Viernes Santo desemboca en el rostro de Jesús.

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