Suspira el querubín en una noche como aquellas de Viernes Santo, donde llueve como si fuera a salir el Cachorro, al que le cayeron gotas hasta en Roma, porque es una procesión de rogativas continua, pero al revés, porque ya le van a pedir que haga cuarenta grados cada vez que salga.
Susurra el serafín porque a más de uno de esos cofrades se les está poniendo cara de Viernes Santo mientras piensan en todo lo que tienen que aprobar y uno de los suyos parece que los boicotea como los secretarios de organización al Presidente del Gobierno.
Suspira el ángel por esos otros que tenían la cara como cuando pasa la urna por uno que había ganado y, a las primeras de cambio ya le empiezan a rechinar besamanos y priostes y eso que aún no ha empezado el rachear de los costaleros del nuevo capataz, que es más serio que un nazareno con el ruán mojado, el cirio apagado y que mantiene el caminar susurrante hasta el final.





