Suspira el querubín porque se acaba la Cuaresma lentamente y ya echa de menos esos altares de cultos, esos bosques de cera, ese arte efímero que lo conmueve mientras los observa y aletea de júbilo. Aunque sabe que en los días del gozo vendrán otros altares gloriosos.
Susurra el serafín porque ha tenido miedo a no ver a un altar, como una amenaza fantasma, daño colateral de la confrontación cofrade, que resuena como el eco de los tambores a lo lejos. Porque latía la advertencia de un altar mustio, como los centros de flores que hay en una céntrica capilla conventual.
Suspira el ángel porque en las Cofrades Wars todo es posible y los antiguos enemigos de pronto se convierten en aliados y son capaces, en un alarde de caridad cristiana, de hacer de tripas corazón. El altar ya no será fantasma, pero el prioste pasará como una sombra en la noche estrellada y nada se quedará mustio como esas flores.





