Suspira el querubín por los vientos de cambio que puede traer una hermandad antes de Semana Santa, en plena Cuaresma y que puede ser como una bomba de varios megatones cofrades que son como millones de llamadores explotando en uno.
Susurra el serafín por un capataz que no querría dar su brazo a torcer mientras el que tuerce y retuerce el suyo es su hermano mayor, que entre llamada y llamada para enterarse de lo que no se ha enterado estaría firmando el veredicto de su capataz de muchos años.
Suspira el ángel por otro capataz que se bebe los vientos por ese llamador apetitoso, como una tarde soleada de Semana Santa con todas las cámaras apuntándolo a él. Suspira porque sabe que si la bomba se detona la onda expansiva de las explicaciones va a ser más grande que las que va a tener que dar el hipotético sucesor, que lleva más años suspirando por ese martillo que en la Macarena porque encuentren al verdadero heredero de Luis León.





