“Una de las mayores bendiciones del cielo es el agua”, “la lluvia, tiene un valor imperceptible, pero que es manantial de riqueza y fuente de vida”, eso me dice un anciano que ceremoniosamente, con la lentitud del que ha superado cualquier prisa sustituyéndola por una paciencia infinita, lo dice y se llevaba un trago a la boca, el.pasado Sábado de Pasión, unos minutos antes de que estás líneas viesen la luz, sentados en el porche de casa, disfrutando de un refresco, impropio de las fechas en que estamos, con una calor excesiva y un latido de corazón casi paralizado por las previsiones meteorológicas recibidas, que por otra parte son las habituales de una entrada en primavera.
No puedo menos que recordar a mi estimado Fray Ricardo de Córdoba, cuando en similares circunstancias decía: “Señor que llueva en el campo y en los pantanos, que aquí en la ciudad no nos hace falta”, y con este recuerdo levanto la vista al cielo, y el cielo no lo veo, lamentablemente las nubes no me dejan verlo, y un temor frio me sube por la espalda, y un pánico me hiela la sangre, preveo una Semana Santa de las que considero de espanto, pavor me daría pertenecer a cualquier junta de aguas, decidir sobre lo incierto, aunque sea con el respaldo de satélites y de estaciones meteorológicas, que en las cosas del cielo la exactitud de la ciencia es donde se demuestran las excepciones que confirman la regla.
Agua de vida, me dicen, cuando yo lo que siento es que son aguas de muerte, aguas que matan la esperanza depositada en cumplir con nuestra tradicional salida anual, aunque muchos han salido por diversas ocasiones alguna vez más. El agua que dará la vida en nuestros campos, aquí en este tiempo está enterrando nuestra vida y nuestros sueños, es como si en estos días se viviera una pesadilla, interminable, con constantes consultas al ordenador, a la tableta, o al móvil. Pero que cada una de ellas desde hace días, se ha ido empeorando con respecto a la anterior, aumentando el desconsuelo y matando lentamente mis esperanzas, una agónica y lenta muerte, causada por el agua.
Tengo la certeza de que será lo que Dios quiera, y será por alguna desconocida razón, que solo conoce Él, y que nosotros no somos capaces de descifrar, pero será lo que ha de ser, nosotros asumiremos el destino, intentando que nos consuele nuestra humilde paciencia, nuestra singular serenidad, nuestra estoica resignación, nuestro singular temple, nuestra señalada mansedumbre, nuestra estoica tolerancia, nuestra absoluta calma, y nuestra impasible entereza. Tengo el temor de que nada de esto ha de funcionar, la condición de simples humanos nos hace frágiles y débiles ante estas adversidades cotidianas en otras fechas, pero dolorosamente inhumanas en esta nuestra Semana.
Claro, tengo la certeza de que algunos van a decir: “claro como tú no eres cofrade”, pues será eso que no soy cofrade, pero de lo que tengo la certeza es de que soy cristiano y fiel creyente, y fundamentado en mi creencia, solo he de ponerme en manos de Dios, “que sea lo que Dios quiera”, que entregando nuestro destino a las manos de Dios, llenos de confianza evitaremos que nos digan lo que Jesús le dijo a Pedro: “me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.”
Y es que estas cosas son cosas de Dios, no de nosotros, simples y sencillos hombres, yo ahora que lo entiendo de forma muy distinta a como lo entendía con veinte o treinta años, ahora me consuela dejar este destino en tus manos y solo elevarte una petición siguiendo sus pasos, y repetir; “Señor que llueva en el campo y en los pantanos, que aquí en la ciudad no nos hace falta”.





