El viejo costal | Añoranza

Hoy me ha dado por sentir nostalgia. Una nostalgia de esa que no avisa, que llega sola, empujada por el recuerdo de aquellos años en los que, y esto lo reconozco sin pudor, disfrutaba mucho más de la Semana Santa y de todo lo que la rodeaba.

Eran tiempos en los que las noticias caminaban despacio, tan despacio que muchas veces ni salían del barrio. Enterarse de un ensayo, de un estreno, de un cambio de banda o incluso de una Junta de Gobierno era casi arqueología. Y qué felices éramos así. Porque entonces un cambio de banda no era noticia, ni motivo de tertulias, ni de comunicados con membrete. Eran profesionales a sueldo que cumplían su contrato, y cuando terminaba, pues terminaba. A veces se renovaba y otras no, sin embargo, parece que estas cosas ya no funcionan así.

Echo de menos aquellos días en los que la información, si llegaba, venía dentro de un sobre: blanco sobre negro, concisa, rara vez más de un folio. Con suerte fotocopiada; y antes de las fotocopias, con esas letras azuladas, imperfectas, deformes, fruto de aquellas máquinas vietnamitas de manivela y papel alimentado a mano. Sí, ya sé lo que estás pensando: que soy más viejo que la humedad. Y es verdad. Pero añoro esas cosas porque me daban menos tensiones y, por añadidura, más tranquilidad que esta avalancha de vídeos cortos, que ahora llaman “reels”, muchos de ellos creados por la inteligencia artificial, manejada casi siempre por alguien que, paradójicamente, carecer de ella.

A mí lo que me gusta es el respirar de un palio, el latir de sus campanillas, el batir suave de su bambalina a contrapunto con la mesa. El izquierdazo de un misterio mientras rezo en silencio a su Titular. Me gusta admirar el trabajo de la cuadrilla, escuchar la banda, mirar en el librito los estrenos del año y comprobar en mi reloj el retraso acumulado. Y, de paso, observar cómo un celador detiene el guion y separa hasta el infinito a los nazarenos de su tramo, parando a toda la cofradía y a las que vienen detrás, sin mirar el reloj ni importar la hora que ya llevamos de demora.

Quizás tanta información no sea buena. Quizás tanto “reels” tampoco. Las cosas son simples, sencillas, y somos los humanos quienes nos empeñamos en complicarlas. Si no lo creen, miren el reglamento impuesto y pregúntense: ¿qué ha venido realmente a solucionar?, y si no soluciona nada, ¿a qué ha venido?

Añoro una Semana Santa descargada de aditamentos, de ruido y de artificios. Una Semana Santa sin tanta información inútil, sin tanto accesorio que le sobra. Porque empiezo a ver que esta Semana Santa que ahora tenemos no es la que yo conocí. Y no es porque haya mejorado: es porque la hemos ido estropeando entre todos. Y sí, los culpables somos nosotros, los cofrades.

Pero, sobre todo, añoro a aquellos cofrades de advocación inquebrantable, los de siempre, los que trabajaban sin mirar al de al lado, convencidos de que todos buscábamos lo mismo, la excelencia para nuestra hermandad. Añoro a quienes amaban su cofradía por encima de cualquier interés personal y jamás habrían hecho nada que pudiera perjudicarla.

Hoy, por desgracia, esto ya no es así. Ahora hay quien confunde servir con mandar, quien piensa que cualquier maniobra vale si le acerca un poco más al sillón, incluso la política de tierra quemada. Y eso, precisamente eso, es lo que no añoro en absoluto.