A finales del siglo pasado no solo se cerraba una etapa histórica: también comenzaba a desvanecerse un modo de entender el trabajo costalero que había sido ejemplo de entrega, humildad y respeto. Aquellas cuadrillas, con menos técnica que las actuales y sin la obsesión por el gimnasio, se sostenían sobre una voluntad férrea y un amor sincero hacia el Titular. Hoy, en demasiados casos, ese espíritu se ha diluido hasta convertir el oficio en un mero deporte, en un espectáculo que busca el aplauso fácil y el lucimiento vacío.
La penitencia ha sido sustituida por la pose; la devoción, por la vanidad. Y según el nivel de la cuadrilla, así pretenden imponer el nivel de la banda, como si la hermandad fuera un escenario y no un lugar de servicio.
En muchas cuadrillas sobran costaleros que se autoproclaman guardianes del estilo de la hermandad. Para ellos, la opinión de la Junta de Gobierno vale menos que la suya propia. Cuando esto ocurre, lo que falta es un capataz con autoridad real. Y como no lo hay, prefiere no enfrentarse al conflicto, convirtiéndose en un mero adorno colocado donde más conviene a los costaleros.
Ese vacío de liderazgo abre la puerta a un clima en el que la cuadrilla presiona, manipula y condiciona decisiones que no le corresponden. De técnica y de estilo entienden poco; de presionar y jugar sucio, demasiado. Y ese es el terreno fértil donde germinan los problemas que hoy padece nuestra hermandad.
Cuando un grupo de desalmados, ignorantes de la historia y ajenos al verdadero sentido del servicio, se hace fuerte dentro de una cuadrilla, el daño es inevitable. No vienen a servir: vienen a servirse. No buscan reparar ofensas pasadas al Titular: buscan imponer sus caprichos. Y si nadie le señala la puerta al capataz complaciente y a los “entendidos” de turno, la humillación institucional está garantizada.
Hoy son los músicos; mañana será el vestidor, el prioste o incluso el hermano mayor. Al único que no tocarán será al capataz servil y silencioso, pieza clave para imponer sus gustos, sus estilos musicales y, quién sabe, quizá una futura Junta de Gobierno dispuesta a destrozar la hermandad desde dentro.
Hubo un tiempo en que quien ofendía al Titular era enemigo sine die. Cualquier intento de acercamiento podía desembocar en la batalla más leal, hasta la última gota de sangre simbólica. Hoy, como ya no queda sangre y los Titulares parecen no ser lo importante, cualquier ofensa se olvida. Todo sea por el lucimiento, ese lucimiento falso de quien un día faltó al respeto y ahora pretende que nada ocurrió.
Yo no presenciaré un acto tan vil, y confío en que quienes aman a su Titular tampoco lo permitan. Porque, como bien se ha dicho: “Córdoba guarda en sus calles la historia, y en su gente la lealtad que no se compra ni se rompe.”
No traicionéis la lealtad de quienes os precedieron. Con menos técnica y menos deporte, pero con mucho más amor y respeto hacia los Titulares. Acallad los gritos que piden oro y moro. Servid como sus pies, y dejad el resto a quienes tienen la responsabilidad y el conocimiento.
Penitencia bajo las trabajaderas y silencio fuera de ellas. Haced grande la cuadrilla como lo hicimos nosotros: sin gobernanzas, sin presiones, sin ambiciones. Y si pedís algo, que sea un capataz que os enseñe el verdadero oficio: servir solo para mayor gloria de Él, desde el más absoluto anonimato.





