El viejo costal | De la belleza del ajedrez

El ajedrez es de una belleza atroz, me atrevería a decir. Nacido del chaturanga en el norte de la India, a mediados del siglo VI d. C., viajó a Persia, donde lo llamaron shatranj, más tarde, los árabes lo llevaron consigo hasta Europa y al resto del mundo. Un juego milenario que, pese a su antigüedad, mantiene una coherencia interna que muchas instituciones actuales ni siquiera rozan.

Buena parte de su belleza reside en la precisión de sus normas: la colocación de las piezas, el valor de cada una y las posibilidades de sus movimientos. Como recuerda el refrán, “lo que es igual para todos no es ventaja para nadie”. Esa igualdad de partida es la que permite que el juego sea justo, legible y, sobre todo, respetado.

Ojalá el mundo de las cofradías, algunas casi tan antiguas como el propio chaturanga, disfrutara de una regulación semejante. No para convertirlo en un juego, sino para evitar el caos que hoy padecemos: hermandades que cambian a su antojo el lugar de inicio o de salida de su estación penitencial, decisiones tomadas sin un marco común y sin una normativa que establezca límites claros. El resultado es un tablero urbano donde ciertas piezas aparecen en posiciones incomprensibles, generando un juego irregular, caprichoso y difícil de justificar.

En el ajedrez, cada pieza tiene un lugar de inicio y una relación precisa con las demás, incluso con las enemigas. Ambos bandos conocen la situación inicial y pueden prever, al menos en parte, los primeros movimientos. En nuestra Semana Santa, en cambio, hay piezas que ocupan casilleros distintos según el año, el día o el humor del momento. A veces cambian al inicio de la partida, otras al final, y otras sin que nadie sepa muy bien por qué.

Con estas alteraciones, y con el desorden que generan, surge la dificultad de determinar qué lugar corresponde a las piezas más importantes. Al mover unas, se descolocan otras; al alterar un casillero, se desajusta toda la secuencia. Así, quienes deberían organizar con criterio se ven obligados a improvisar, a legislar sobre la marcha, a actuar “a salto de mata”. Una forma de proceder que solo alimenta el totum revolutum de nuestras partidas mal reglamentadas.

Si al inicio no sabemos dónde están nuestras piezas principales, y al final tampoco, ¿Cómo vamos a decidir dónde colocar figuras clave como la autoridad laica del rey o el alfil? No disponemos de normas estrictas, pero tampoco de normas laxas: simplemente no disponemos de normas.

Quizá lo que realmente falta no son reglas, sino legisladores con la valentía de fijarlas. Personas capaces de determinar el lugar exacto de cada pieza, el orden de salida y la posición de cada autoridad en estas largas partidas que, a veces, duran toda una Semana Santa. Hasta que eso ocurra, seguiremos jugando casi sin tablero, sin lógica y sin partida.