Desde hace años vengo diciendo que en las cofradías se ve lo mejor y lo peor del ser humano, seguramente por tener demasiadas horas de trabajadera. Muchos amigos ya empiezan a pensar que esta afirmación es verdad. En este mundo nuestro, tan lleno de incienso, devoción y estampitas, hay un buen surtido de soberbia, ignorancia y postureo. No hace falta irse muy lejos: basta con darse un paseo por Córdoba, o por Sevilla, o por cualquier ciudad de nuestra Andalucía, todas tienen más historia cofrade que paciencia para aguantar según que personajes.
En teoría, una hermandad es un espacio de fe, de caridad, de comunidad. En la práctica, a veces parece una tertulia de expertos sin manual. Porque formación, lo que se dice formación, brilla por su ausencia. Hay quien confunde teología con opinión, estatutos con sugerencias y liturgia con espectáculo. Y claro, luego vienen los inventos: decisiones tomadas “porque siempre se ha hecho así”, juntas que no saben distinguir un cabildo de un café, y hermanos mayores que creen que el Espíritu Santo se les aparece solo a ellos en exclusiva.
La ignorancia no es pecado, pero la osadía con la que la exhiben debería de estar penada con tres cursos obligatorios de eclesiología y un retiro espiritual de cinco días sin móvil. Si hay algo que envejece rápido en las cofradías no son los pasos, sino los egos. Hay hermanos que se ponen una medalla y se creen arzobispos. Quien se sienta en una junta y se piensa ministro, hay quien coge un martillo y ya se ve en la portada del pregón.
La soberbia es la epidemia silenciosa. Se cuela por los respiraderos, afectando a los costaleros malos, vive en los despachos, se disfraza de “autoridad” y termina convirtiendo lo que debería ser servicio en un pequeño reino de taifas. Y lo peor es que muchos confunden respeto con miedo, obediencia con sumisión y humildad con debilidad. Así nos va.
La humildad debería de ser el ADN de una hermandad. Pero las más de las veces se quedó olvidada en algún cajón del archivo parroquial. Servir, escuchar, acompañar, respetar… palabras bonitas que algunos pronuncian con la boca chiquita mientras que con la grande imparten órdenes, imponen criterios y se blindan en un sillón como si fuese su trono.
Sin humildad no hay hermandad que aguante. Porque una cofradía sin humildad es un paso sin trabajaderas, solo pura fachada.
Luego está la otra cara de la moneda: la normativa. Los obispados, con su afán de ordenar, regular y supervisar, a veces parecen olvidar que las hermandades no son oficinas administrativas, sino comunidades vivas. Y la Agrupación de Cofradías… bueno, ahí hay tema para un libro entero. Entre decisiones poco explicadas, silencios que pesan más que un palio y una sensación de distancia con la realidad de las hermandades, uno no sabe si coordina, controla o simplemente observa desde la barrera.
En Córdoba, además, tenemos ese arte tan nuestro de complicarlo todo. Lo que podría resolverse con diálogo se convierte en un laberinto de reuniones, comunicados y “ya veremos”. Y mientras tanto, la gente de a pie (la que de verdad sostiene las hermandades) mira, suspira y sigue tirando del carro.
Porque Córdoba es así: capaz de lo más sublime y de lo más absurdo. Ciudad de devociones profundas, de cuadrillas que son familia, de hermandades que hacen milagros silenciosos cada día. Pero también de rencillas eternas, de orgullos enquistados, de cortijos familiares, de decisiones que nadie entiende y de personajes que creen que la Semana Santa es suya.
Y sin embargo, pese a todo, seguimos. Porque lo divino pesa más que lo humano. Porque la fe, cuando es auténtica, pone en su sitio a la soberbia. Porque la tradición, cuando se vive con verdad, desarma al ego. Y porque, al final, lo que queda no son los cargos ni los reglamentos, sino la gente: la que reza, la que trabaja, la que calla, la que empuja.
Uno, que ya ha visto pasar más juntas que primaveras, sabe que las cofradías no son perfectas. Ni falta que hace. Pero sí necesitan algo urgente: menos prepotencia, más formación; menos postureo, más humildad; menos burocracia, más cercanía.
Porque si no cuidamos lo humano, lo divino se nos escapa entre los dedos. Y Córdoba, con todo lo que tiene y todo lo que es, merece hermandades a la altura de su historia.





