El viejo costal | Del alma de la madera, del fondo de nuestro corazón.

Dicen los viejos del barrio de San Basilio, los que aún guardan en la mirada el reflejo del paso de los años, que allá por el año 1957 nació un chiquillo con manos de artista y corazón de orfebre. Se llamaba Antonio, y desde que tuvo uso de razón, moldeaba el barro como quien reza un padrenuestro con los dedos. No jugaba con canicas ni corría tras el balón: lo suyo era dar forma a lo invisible, sacar de la nada un rostro que mirara al cielo y llorara sin lágrimas.

Creció entre callejas encaladas, patios con geranios y el murmullo de las saetas que se clavan en el alma. Se formó en la Escuela Mateo Inurria, escuela de Artes y Oficios de Córdoba, sí, pero su verdadera cátedra fue la calle, la Semana Santa, los pasos que crujían en la madrugada y los rostros dolientes que lo miraban desde los altares como pidiéndole vida.

Fue en el 87 cuando su arte se hizo carne por primera vez: un Nazareno para Adamuz que parecía caminar solo, como si el aliento del Espíritu lo empujara. Desde entonces, no ha parado. Cristos que sangran sin herida, Vírgenes que lloran sin llanto, y santos que parecen respirar. Cada imagen suya lleva el sello de lo eterno, de lo que no se aprende, sino que se lleva dentro, como el compás en los pies del costalero.

Antonio no talla madera: la despierta. Le habla al cedro como quien le reza a una madre. Y el cedro le responde con rostros que conmueven, con manos que imploran, con miradas que atraviesan el alma y se quedan a vivir en ella.

Este año, 2025, le dieron el Premio Averroes de Oro a las Artes. Y fue porque su obra es oración, porque ha devuelto a la imaginería andaluza el pulso de los grandes, porque en cada talla suya hay un pedazo de Córdoba, de fe, y de arte con mayúsculas.

Hoy, Antonio Bernal sigue en su taller, entre gubias y silencio, dejando que la luz entre por la ventana y le susurre al oído lo que la madera quiere ser. Y la Córdoba senequista guarda silencio. Nosotros, los que tú sabes que te llamamos “Maestro”, apelativo que nunca admitiste, que nunca te gustó, pero nosotros sabemos que lo eres, porque tu obra lo grita sin palabras.

En cada imagen, en cada pliegue, en cada mirada, se ve el fruto de tu pasión y tu arte. Y yo, que he seguido tu obra, veo en ella la sombra noble de otro maestro cordobés: Juan de Mesa. Especialmente en tus Cristos, donde el dolor se hace belleza y la belleza se hace catequesis, donde el aliento se ve, donde sus miradas nos traspasan.

En tu taller se siguen haciendo realidad los sueños de muchos: tus sueños de niñez, nuestros sueños de cristianos. Los sueños hechos de la verdadera catequesis de nuestras cofradías, de nuestras hermandades. Porque gracias a tus benditas manos, les has arrancado el latir firme de su corazón y el revivir nuestros sueños en el alma atenta a cada una de tus interpretaciones. Sabias interpretaciones de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y de su bendita madre, la Virgen María.

Que la música del martillo sobre las gubias nunca se apague en tu taller, ni en nuestra Córdoba. Que contigo mantenemos a un gran Maestro, a un gran Imaginero en nuestra ciudad, en nuestros corazones.