El viejo costal | Del silencio, ese que mata

El silencio en las procesiones no es ausencia de sonido: es una presencia sagrada, un lenguaje extraño sin palabras, una oración sin voz, una emoción sin estruendo. Ahí, donde los tambores están apagados y solo la luz mortecina de los cirios acompaña esa rara música de alpargatas racheadas sobre el empedrado de la oscura calle, se rinde culto desde la contención.

La fe desde el respeto. El silencio como norma. Donde los nazarenos no hablan, los costaleros no gritan, y muchas veces ni el público aplaude. Es respeto, fe y respeto. Silencio que transforma la calle en templo, liturgia potente en ese extraño santuario donde se produce un recogimiento poco común, producto del canto gregoriano o de la música sacra, que fortalece la profunda mirada del soberbio Titular sobre su paso de caoba, y que, desde el siglo XV, llena de plenitud todo el barrio de San Andrés y buena parte de nuestra vieja ciudad de Córdoba.

Silencio institucional y una buena dosis de tensión interna, donde se combinan destituciones y abandonos —quizás enfermedades y ceses—. Sea como fuere, todo rodeado de un silencio oficial, institucional, que dirían otros. Una solera que solo crea malestar y especulación, parcialmente acallados por un comunicado que apenas alcanza para desmarcarse de la rumorología. Cierto es que solo amortigua parcialmente las polémicas. Pero esta ausencia de declaraciones públicas refuerza la sensación de vacío y de liderazgo temporal.

Aquel silencio que antes era dignidad ahora se transforma en debilidad. Más bien, se ha convertido en interrogante. Y mientras los rumores corren por las sacristías, los costales que se prestan están ahora sin saber quién los llamará al martillo. Causa de cesar al capataz a mitad de camino, dejando el paso detenido sin aviso previo. Se retira un Hermano Mayor, pero lo que parece enfermo es el cuerpo de la cofradía: enfermo de esa severa dolencia que se llama incertidumbre.

Nadie habla, pero todos escuchan. Sentencias sin contemplación. Las elecciones se acercan y se presentan como una estación de penitencia sin itinerario. Hay candidato, sí, pero faltan certezas. Lo que lleva a que el aire que se respira sea una mezcla de respeto y recelo.

Esto lo he visto yo antes: cofradías que se rompen por dentro mientras brillan por fuera. Silencios que no son oración, sino miedo. Ahora solo resta pedir:

“Que el que venga, venga con alma. Que el que mande, mande con fe. Que el que calle, lo haga por respeto, no por estrategia.”

Ahora, silencio. Pero que no sea ese que mata.