El viejo costal | Fragancia a hinojos…

Ayer a la caída de la tarde, cuando el sol no golpeaba con ira las piedras, y se movía algo de aire, salí de casa a dar una vuelta por las inmediaciones buscando algo de aire, y como siempre meditando sobre cosas banales y no tan banales. A la llegada a un recoveco del camino, sombrío, el aire se llenó de una fuerte fragancia a hinojos, y automáticamente mi memoria hizo que me acordase de que Córdoba camina, camina llena de fe en busca de su Madre bendita, caminan hacia el Rocío.

Para mi gente de Córdoba son nueve los días de camino, este año creo que van 27 carriolas, 15 coches de caballos, 19 las carretas y 30 caballos, aparte el personal que camina, todos llegaran al emblemático Vado del Quema el jueves, sobre las 19:00 horas, y allí serán bautizados los romeros nuevos, agua, fe, y aroma de hinojos, cañas que con la ayuda del viento susurran los nombres de los que ya no vienen, pero que siguen estando, bautizos de los que quieren caminar a tu lado, para que tu nombre no se borre y sean la envidia de las arenas que se llevan cada año las subidas del Quema. Se mojarán en su agua, y casi bautizados también quedaran los tapacubos que llevan la frase “Que todo el mundo sea Rociero”.

Qué petición más bella, “Que todo el mundo sea Rociero”, fue pronunciada por el Papa Juan Pablo II, desde la misma aldea del Rocío, el 14 de junio de 1993, tanto le impresionó la devoción y el fervor de los peregrinos, la fe mariana y la hermandad de los que allí estaban, que manifestó esta frase a modo de petición, que sencillas palabras, que deseo más inconmensurable “Que todo el mundo sea Rociero”.

Y volviendo a las fragancias, es que el camino huele a hinojos, a hierbaluisa, a romero, a alhucema, a campo, en resumen, todo el camino huele a cielo, donde poco a poco se van fraguando nuestros deseos, nuestra oración, que como dice el Apocalipsis “copas de oro llenas de incienso, que representan las oraciones de los santos”, ¿acaso no será que el camino huele a cielo, o el cielo huele a camino?

La conexión con la naturaleza del camino es manifiesta, al recorrer pinares, senderos entre la marisma, compartiendo religiosidad, disfrutar de la gastronomía, cantar o bailar unas sevillanas, que también, caminar y fortalecer los lazos que nos unen a amigos y familiares, viaje de sacrificio y alegría, de oración, al fin y al cabo, de vida; donde cada uno de nuestros pasos es muestra de devoción y amor por la Virgen.

Que huela también a cera el camino, a cera de los cirios de las distintas hermandades que porta la carreta de Córdoba, ya alumbraron al Señor y a la Virgen desde los altares itinerantes de sus pasos en la Semana Santa, y ahora que le den luz al Simpecado nuestro, uniendo nuestra fe compartida entre lo cofrade y lo rociero, que ninguna resta y que ambas suman.

Me refresca la brisa la cara, y deseo que los peregrinos disfruten de su paso por Écija, disfruten en la Ermita del Humilladero, de la oración que llena de paz el alma, y de frescor del tradicional gazpacho blanco que los vecinos regalan a los peregrinos, frescor para la garganta, y fuerzas para continuar la marcha. Frescor como cuando se llega a la barcaza, para cruzar el Guadalquivir, emoción de un pintoresco momento, y siguen resonando las cañas desde las orillas, gritan los nombres de los que está y de los que faltan, soledad de los que se quedan, soledad de los que faltan, soledades llenas de aromas de camino, de oración, sevillanas, de tiempo para uno, de tiempo para el hermano.

Peculiares aromas que llenan el alma de los que salen al camino, y vayan o no vayan, estén o no ahí contigo, lo cierto es que todos, hoy, estamos en este bendito camino.