Cada día que pasa me encuentro más descorazonado, más distante, más perdido entre mi pensamientos y como veo el pensamiento de los demás. Y es que desde el concilio Vaticano II, ese que fortaleció nuestra pasión por las imágenes y por las salidas catequísticas de nuestros paso por las calles a modo de proclamación no escrita o resumen de las Sagradas Escrituras, llanas para el pueblo llano, una especie de Vulgata pero sin texto, solo una representación imaginativa de los texto sagrados.
Y me divido entre el progresismo que rige en la iglesia en la actualidad, o los conservadores que quedan difuminados entre las líneas de los documentos progresistas emitidos por cada uno de los estamentos de la Iglesia, reglas, ordenanzas, decretos y cada día más modernistas, fíjate que hasta el mismo Santo Padre ha escrito “Magnifica Humanitas”, donde afirma el santo Padre que la inteligencia artificial será una bendición si nace de los corazones limpios, y una maldición si nace del miedo, de la codicia o de la soberbia, y declara que la iglesia ha de ser centinela de la misma, y no una mera espectadora, todo bajo el concepto de custodia de la dignidad.
El conservadurismo me encanta, la sobriedad, la seriedad, el respeto elevado al máximo nivel, es tan propio de nuestras hermandades, algunas con varios siglos de historia, a las que le viene de origen, y no heredada. Por el contrario el progresismo siendo más permisivo no me cae bien, y muchas veces no lo entiendo siquiera, yo soy más de gregoriano, comunión con palmatoria y patena, arrodillado en reclinatorio, aunque no parece ser que esto esté al día, ni sea del agrado de todos.
¿Cultura o educación?, ¿progreso o conservadurismo?, ¿cristianos viejos o modernos?, por ahí van los distintos caminos de la actualidad, ya vimos como el Santo Padre Francisco incluso llegó a prohibir la misa tridentina, aunque posteriormente siempre que fuese con autorización podía ser celebrada, León XIV dice que en su encíclica que la maquina no tiene alma, por lo que necesita de la nuestra, que si la dejamos sola nos hará esclavos, pero que si la guiamos con verdad, justicia y misericordia, será herramienta de luz.
Me pierdo en lo que es obligado y lo que es correcto, entre lo moderno y lo clásico, y ahí por la mitad de esos caminos despistado y muchas de las veces desorientado, meditando como desde la celebración del concilio Vaticano II, hemos sufrido la caída de numerosos seminarios, al aumento de secularizaciones, llegando a ser masivas, tras la edición de “Presbyterorum Ordinis” es el decreto del Concilio Vaticano II sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, promulgado el 7 de diciembre de 1965 por Pablo VI. este documento conciliar define quién es el sacerdote, para que existe y como debe de vivir su vocación en el mundo moderno. Pues, tras su publicación, abandonaron algo más de 69.000 sacerdotes, de los que pasados unos años solo retornaron 11.213 a ejercer su ministerio.
Todos los daños no pueden atribuirse a este decreto, ya que coinciden el mismo con un fuerte cambio cultural y eclesial en a las décadas del 60 al 70, que se hizo notar en la secularización acelerada, una crisis de identidad sacerdotal, y también por las tensiones en la recepción del Concilio, a las nuevas expectativas sociales, y a las transformaciones en la vida comunitaria y religiosa.
Al final, todo este camino, entre progresistas y conservadores, entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo obligatorio y lo correcto, nos deja una certeza que no admite disfraces: la Iglesia sigue buscando su sitio en un mundo que ya no se parece al que la vio nacer.
Quizá ese sea hoy nuestro deber: no elegir bando, sino elegir verdad. No aferrarnos al pasado por miedo ni abrazar el futuro por moda. Solo permanecer en pie, con la dignidad que pide León XIV, recordando que la máquina no tiene alma, pero nosotros sí. Y que, mientras quede un corazón dispuesto, la Iglesia no estará perdida.
Porque, al final, entre lo moderno y lo clásico, entre lo que se exige y lo que se cree, solo queda caminar recto, aunque el camino esté torcido. Y seguir, aun cansados, aun desorientados, con la certeza humilde de que la fe no se mide por tendencias, sino por fidelidad.





