Hay un mal que se infiltra silencioso en las cofradías, como humo que se cuela por las rendijas de los templos: la soberbia de la mano de la mentira. No es pecado nuevo, ni exclusivo de nuestro tiempo, pero sí parece haber encontrado en las hermandades un escenario propicio para desplegar sus gestos y sus máscaras. La soberbia del cofrade se alimenta de la vanidad, se vale de la mentira, del deseo de ser visto, del ansia de ocupar un lugar que no le corresponde.
Se manifiesta en la mirada altiva del que se cree dueño de la procesión, en la falsa palabra áspera del que desprecia al hermano sencillo, en la actitud del que confunde servicio con protagonismo. Es la soberbia del que carga más con su ego que con el paso, del que se cree imprescindible y olvida que la cofradía es comunión, no escenario.
La soberbia se disfraza de devoción, se viste de túnica y se perfuma de incienso. Se proclama como entrega, pero en realidad busca aplauso. Se proclama como sacrificio, pero en realidad exige reconocimiento. Y así, lo que debería ser camino de humildad se convierte en pasarela de vanidades y fuente de falsedades.
No faltan ejemplos: el cargo que se cree general de ejércitos, el músico que sopla más fuerte para que se le escuche por encima de la banda, el hermano mayor que confunde la cofradía con su cortijo. Todos ellos olvidan que la Semana Santa no es escenario de poder, sino escuela de servicio. Que el paso no se levanta por la fuerza de un solo hombre, sino por la unión de muchos hombres. Que la túnica no es disfraz de grandeza, sino signo de penitencia.
La soberbia y la mentira, además, son contagiosas. Basta que uno se crea imprescindible para que otros lo imiten. Y pronto la cofradía se convierte en un mercado de egos, donde cada cual compite por la mejor foto, el mejor sitio, la mejor palabra. La soberbia no solo divide, sino que vacía de sentido lo que debería ser comunión.
Y sin embargo, frente a la soberbia, la humildad sigue siendo la virtud que sostiene los pasos invisibles. La humildad del costalero que se agacha sin esperar aplausos. La humildad del hermano que limpia la plata sin que nadie lo vea. La humildad del penitente que camina en silencio, sabiendo que su oración vale más que mil discursos.
Conviene recordar que la Semana Santa nació para proclamar la Pasión de Cristo, no la gloria de los hombres. Que el verdadero protagonismo lo tiene el Crucificado, no el cofrade. Que la grandeza de una hermandad no se mide por el número de seguidores en las redes, sino por la capacidad de servir al pobre, al enfermo, y al olvidado.
La soberbia es un espejo deformado: devuelve una imagen más grande de lo que somos, pero nos oculta la verdad. Nos hace creer que la cofradía depende de nosotros, cuando en realidad nosotros dependemos de la cofradía. Nos hace pensar que el paso se levanta por nuestra fuerza, cuando en realidad se sostiene por la gracia de Dios.
El día que la soberbia se arrodille, la cofradía volverá a ser camino de salvación. El día que el cofrade entienda que su grandeza está en servir y no en mandar, la hermandad recuperará su sentido. El día que la vanidad se calle y deje hablar al silencio, la procesión volverá a ser oración.
Porque la soberbia es ruido, y la humildad es música callada. La soberbia es humo que se disipa, y la humildad es luz que permanece. La soberbia es aplauso que se olvida, y la humildad es servicio que se recuerda.
La cofradía no necesita héroes, sino servidores. No necesita protagonistas, sino hermanos. No necesita soberbios, sino humildes. Y quizá convenga repetirlo una y otra vez, hasta que cale en los corazones: la Semana Santa no es para engrandecer al hombre, sino para proclamar a Dios, y los hombres son meras herramientas, serviles ciervos, que solo deben aportar sus manos y su trabajo.





