El viejo costal | Las necesidades de nuestras cofradías, y de nuestros cofrades

Vemos cómo van evolucionando nuestras cofradías y cómo van completando y cubriendo cada una de sus necesidades desde el punto de vista estético, patrimonial, musical y un largo etcétera. Muchas de estas necesidades han sido estudiadas y atendidas con rigor técnico, alcanzando un nivel admirable en el ámbito material.

Recuerdo mis inicios como costalero en el misterio de Humildad y Paciencia. El consiliario de la hermandad en aquellos años, Fray Ricardo de Córdoba, celebraba una Eucaristía en el primer ensayo. En cada encuentro recibíamos también una charla sobre la necesidad de tener y vivir la fe. Porque, sin esa fe, nuestra penitencia sería únicamente un trabajo físico, un simple cargar. La fe, ese don bendito que proviene del Espíritu Santo, es un regalo de Dios, una respuesta interior a una iniciativa divina.

La fe crece mediante la escucha de la Palabra, se fortalece en la pertenencia a una comunidad y se afianza, sobre todo, en la experiencia personal de Dios. Esto deja clara la necesidad de la religiosidad y la formación en nuestras cofradías, aunque solo sea para alimentar y aumentar nuestra fe. Sin embargo, religiosidad y formación han sido las grandes olvidadas en la evolución reciente de nuestra Semana Santa. Percibo que, en las cuadrillas actuales y en la nómina de hermanos, el nivel de formación y de vivencia religiosa es mucho menor que en las hermandades de antaño.

Las hermandades no deben ser simples asociaciones culturales. Han de nacer de la fe, sostenerse en la fe y proyectarse hacia la sociedad desde una vivencia religiosa compartida. Con el paso del tiempo, algunas han ampliado su dimensión social y patrimonial, dejando a un lado el eje central que debe sostenerlo todo: la fe.

Las hermandades no surgieron para custodiar patrimonio ni para organizar eventos. Su origen es estrictamente religioso, y esa religiosidad no es un adorno: es el motor que debe articular todo lo que la hermandad hace.

Las hermandades ofrecen algo que no se encuentra fácilmente en otros espacios: una fe vivida en comunidad, con símbolos, ritos y afectos que unen. Su acción social no es filantropía ni asistencialismo; es caridad cristiana, que nace de la fe y se alimenta de ella.

El arte, la música, la estética procesional… todo eso no sustituye a la fe, sino que la expresa.

Cuando la fe deja de ser el centro, la hermandad se desorienta y se transforma en un club social. La estación de penitencia se vive como un espectáculo. Se pierde el sentido de misión y surgen tensiones internas por la falta de un horizonte espiritual común. La fe es la brújula que mantiene la unidad y el propósito. Cuando falta, aparecen discordias, enfrentamientos, disputas y chismorreos, creando bandos enfrentados que nada tienen que ver con la hermandad ni con la fe cristiana.

La fe no es un accesorio: es el alma que sostiene todo lo demás. ¿Cómo está tu hermandad de fe? ¿Hay en ella paz? ¿O, por el contrario, abundan las disputas? Si es así, algo está pasando… y tú ya sabes qué está pasando en tu hermandad.