Esta semana hemos cerrado el tercer año de formación bíblica que D. Manuel Aparicio imparte a un grupo de hermanos, fieles incansables, caminantes silenciosos, que han ido avanzando paso a paso por el estudio de las Sagradas Escrituras. Este tercer curso ha culminado en la altura teológica de las Cartas Paulinas, donde la palabra se vuelve espada, consuelo y misión.
Para clausurar este tercer ciclo anual, celebramos una Santa Misa de acción de gracias, presidida por Fray Francisco de Antequera, Guardián del Convento del Santo Ángel, como es propio de la Orden Menor, su homilía fue un regalo, sencilla y luminosa, humilde y profunda, capaz de tocar el alma sin levantar la voz, grandeza envuelta en sencillez, la misma sencillez del pan que se parte y se reparte.
Tres años de formación, tres años de fidelidad, tres años de un trabajo callado, tan necesario en un mundo donde todo parece ya hecho, donde sobran prisas y faltan raíces, una labor silenciosa que esta cofradía emprendió con valentía, y que deseo imaginar que otras muchas también cultivan para bien de los hermanos y sosiego de los consiliarios.
La vida espiritual de una cofradía se sostiene sobre la formación, sin ella, la hermandad se convierte en un grupo social más, amigos, actividades, reuniones… pero sin contenido ni continente.
Recuerdo aquello de la Iglesia docente y la Iglesia dicente: enseñar y aprender, hablar y escuchar, guiar y dejarse guiar, sin formación, la cofradía pierde su norte y su hondura.
La formación es el arte de aprender a ser pequeño delante de Dios y grande delante de los hombres, es la que suaviza el alma y la hace brillar, es la que mantiene encendida la fe cuando el mundo sopla para apagarla.
La formación voluntaria nace del deseo, brota del corazón, nos hace crecer, comprender y servir, a ella se llega a ella con hambre. La formación obligada nace de la norma, de estatutos, de reglas, o de disposiciones diocesanas. Se entra porque toca, porque se pasa lista. En la voluntaria se forman discípulos; en la obligada, asistentes.
La voluntaria es camino espiritual; la obligada, trámite pastoral.
Las diferencias son pocas, pero claras: la voluntaria transforma, la obligada ordena, y ambas, bien llevadas, pueden sostener la casa.
Vamos a creer que sea, la formación, que sea, siempre será bienvenida, siempre será un valor necesario, y un rincón lleno de sabiduría que con la ayuda del Espíritu Santo nos llenará los huecos de vacío que todos tenemos en el alma.
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