El viejo costal | Marejadilla

En términos marineros, marejadilla es un movimiento ligero de olas que apenas alcanza el medio metro de altura; pero en nuestro diccionario, más amplio en definiciones, se le añaden más significados, y viene a definirse como malestar, agitación y desavenencia.

Y estas fechas tan festivas de mayo nos traen sorpresas, unas agradables y otras no tanto. Es fecha de anunciar elecciones en nuestra ciudad; he contado, si la memoria no me falla, al menos siete hermandades en esta circunstancia. Es la fecha de los cambios de capataces, de los cambios de bandas, incluidos los cambios de estilo, ya saben, esos inexplicables golpes de timón, que no hay mesa de derrota, (mesa de los barcos donde están las cartas de navegación), como decía, no hay mesa de derrota ni marinero que sea capaz de determinar en qué acabarán esos golpes locos al timón.

Y es que, si uno se asoma a la borda y mira con calma, descubre que la marejadilla no es solo un vaivén de agua: es un aviso, un recordatorio de que debajo de esa superficie aparentemente dócil se esconden corrientes que no siempre se ven, pero que empujan, arrastran y, si te descuidas, te cambian el rumbo sin que te dé tiempo a consultar la brújula.

Así pasa también en nuestras cosas de hermandades, donde a veces los movimientos más pequeños son los que terminan marcando el destino del barco.

Porque no nos engañemos, en este mundo nuestro, tan dado a los silencios largos y a las conversaciones cortas, las decisiones no siempre se anuncian con fanfarria. A veces llegan como esa ola tímida que apenas moja la cubierta, pero que trae detrás un mar entero empujando. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya está maniobrando para no quedar atravesado al viento.

Por eso conviene estar atentos, que ya lo decía un viejo patrón de litoral: “El peligro no está en la ola grande, sino en la que no miras”. Y en estas fechas, donde todo parece fiesta, flores y romero, también se cuelan los rumores, los cambios inesperados, los proyectos que nacen de repente y los que se desvanecen sin explicación. Y cada cual, desde su puesto en la tripulación, intenta interpretar el cielo, el viento y hasta el color del agua, por si acaso.

Mientras tanto, el barco sigue su rumbo, unas veces firme, otras zigzagueante, dependiendo de quién lleve la mano en el timón y de si sabe distinguir entre una marejadilla pasajera y un temporal que se está gestando. Que no es lo mismo, aunque algunos lo confundan. Porque hay quien ve una simple rizada en el agua y ya quiere arriar velas, y quien, por el contrario, se empeña en mantenerlas desplegadas aunque el horizonte se ponga negro como la pez.

Sea como sea, lo que está claro es que en este mes de mayo, tan dado a los cambios de humor del cielo y de la gente, conviene navegar con prudencia, sin perder de vista ni el norte ni la sonda. Que las cofradías, como los barcos, se gobiernan mejor cuando el capitán escucha a la marinería, y cuando la marinería confía en que el capitán sabe lo que hace. Y si no lo sabe, al menos que tenga la humildad de preguntar antes de encallar.

Hablando de encallar, no voy, ni quiero, hablar del reglamento implantado, ese que no ha sido negociado, ese establecido a tacón, introducido a la fuerza, ese que nos van a aplicar en nuestras cofradías sin ni siquiera analizar o consensuar previamente los asuntos difíciles. Implantado con más maldad que rigor y con una buena dosis de desconocimiento de la realidad cofrade y de nuestros componentes. Es lo que tiene el estar sentado en ébano: que te distancias de los problemas de la calle, o que callas los problemas y quieres distanciarte de ellos. Cosas de los que mandan, y la mar a lo suyo, a mandar mal.

Así que esperemos que el capitán esté atento a los movimientos, a los ligeros cambios, a las reacciones del barco que nos lleva, y que sepa manejar su báculo, perdón, quería decir el timón, evitando los escollos, no los existentes, sino más bien los colocados. Que, de siempre, una buena reacción a tiempo ha salvado muchas vidas, siempre desde el puente de mando.

Solo nos hace falta un ancla de esperanza que fije y mantenga firme nuestro barco, que nos dé seguridad en estos mares revueltos. Vamos a ver si el capitán pide “arrojar el ancla por la borda… y los problemas también”.